Eduardo Vargas volvió a marcar. No importa si fue un amistoso, un partido oficial o una simple práctica. El gol volvió a encontrarlo como encuentra siempre a los goleadores verdaderos. Y, de inmediato, apareció una sensación extraña: nostalgia. No porque Vargas pertenezca al pasado, sino porque pertenece a una especie en extinción.
Hubo un tiempo en que el fútbol chileno producía ídolos con relativa frecuencia. No eran simplemente buenos jugadores. Eran futbolistas cuya historia se entrelazaba con la de un club durante años. Se equivocaban, maduraban, perdían finales, levantaban copas y terminaban siendo parte de la memoria colectiva de una o varias instituciones. Alberto Fouillioux, Marcelo Salas, Esteban Paredes, Leonel Sánchez, José Luis Sierra, Carlos Caszely, Mario Lepe, Marcelo Díaz o Johnny Herrera representan trayectorias que hoy parecen irrepetibles.
Hoy el proceso es otro. Apenas un jugador destaca, el objetivo deja de ser consolidarlo y pasa a ser venderlo. El club necesita recursos; el representante busca una oportunidad; el futbolista entiende que quedarse puede significar perder el tren hacia Europa. Todos tienen razones atendibles. El resultado, sin embargo, es devastador para el campeonato. Los hinchas apenas alcanzan a aprender el nombre de una promesa cuando ya está haciendo las maletas. No alcanza a convertirse en referente, ni mucho menos en símbolo. La camiseta pierde continuidad y el vínculo emocional se debilita.
Después nos preguntamos por qué los niños prefieren una camiseta del Barcelona, del Real Madrid o del Manchester City antes que una de su equipo local. La respuesta es sencilla: los ídolos ya no viven aquí. El juego en serio no se juega aquí. Los clubes que valen la pena no son los de aquí.
No es casualidad que cada regreso de un futbolista importante produzca tanta expectación. El retorno de Eduardo Vargas, el de Marcelo Díaz hace algunos años o el de Charles Aránguiz despertaron algo más profundo que la ilusión deportiva. Recordaron una época en que era posible identificar un rostro con una institución durante mucho tiempo.
Los campeonatos necesitan estrellas. Pero, sobre todo, necesitan historias. Las ligas más fuertes del mundo no sólo venden calidad; venden continuidad, rivalidades y personajes que permanecen. Nosotros, en cambio, vivimos inaugurando generaciones que duran una temporada. El problema, en rigor, no es que los jugadores emigren. Es lógico y muchas veces necesario. El problema es que el fútbol chileno parece haber renunciado a la idea de construir referentes antes de despedirlos.
Quizás por eso celebramos tanto cuando vuelve uno de los grandes. No solo porque algunos, como Claudio Bravo, optaron por no volver a nuestro medio. Sino porque, por un instante, recuperamos la sensación de que el tiempo no ha pasado del todo y de que todavía es posible que un jugador represente algo más que una buena transferencia.
El gol de Eduardo Vargas fue determinante para los tres puntos que logró la U el fin de semana pasado. Pero su presencia, en estos tiempos, sirve también para recordarnos que un campeonato también se sostiene sobre sus ídolos. Y que, si dejamos de fabricarlos, tarde o temprano dejaremos también de fabricar hinchas.






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