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Miércoles, 28 de octubre de 2020
Breve recuento histórico (1° parte)

Enfermeras: 3.000 años de labor

Manuel Salazar Salvo

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Elizabeth Fry y las cuáqueras organizaron la Orden de las Hermanas Protestantes de la Caridad.
Elizabeth Fry y las cuáqueras organizaron la Orden de las Hermanas Protestantes de la Caridad.

La primera línea de defensa en Chile en contra del coronavirus está integrada en un 73% por mujeres; entre ellas doctoras, enfermeras, nutricionistas, kinesiólogas, tecnólogas médicas, auxiliares, personal de aseo, etc., según informó María Inés Salamanca, coordinadora de ONU Mujeres en Chile. De ellas, la enorme mayoría son enfermeras. INTERFERENCIA decidió recordar parte de lo que ha sido el trabajo de estas mujeres hasta fines de la II Guerra Mundial.

Los primeros hospitales de que se tiene noticia fueron los de los samhitas de la India, hacia el año 1000 a. de C., que eran parte de la medicina ayurveda; disponían de enfermeros hábiles que bañaban a los enfermos, limpiaban las camas y asistían a los pacientes.

En la antigua Grecia, las enfermeras ejercían únicamente en los templos de Asclepio (Esculapio para los romanos), donde los pacientes eran bañados, ungidos y sumidos en un dulce sueño en el que se les aparecería el dios de la Salud. Probablemente el método hipocrático consistía en prescribir un tratamiento y dejar su ejecución en manos de la familia o amigos del enfermo.

Aunque los romanos estimaban la higiene y la salud públicas y establecieron grandes hospitales para esclavos enfermos y para soldados heridos, no hay mención histórica alguna de la existencia de enfermeras; el término latino nutrix (de nutrire, nutrir) del cual procede el inglés nurse (enfermera), se refería originalmente a las amas de crianza.

En la Edad Media, cuando el imperio romano se desmoronó y con él la medicina de la antigüedad, se produjo un acontecimiento nuevo y digno de mención: dado que uno de los primeros principios del cristianismo era socorrer al enfermo, muchas principiantas de buena posición se transformaron en "diaconisas” y se dedicaron a lo que anteriormente había sido una humilde ocupación de esclavos.

Una de esas piadosas mujeres, llamada Fabiola, se había casado y divorciado dos veces; después de su conversión fundó el primer hospital gratuito de Roma, en 390 a. de C., para expiar las "locuras y frivolidades" de su juventud. Dedicó toda su fortuna y el resto de su vida a recoger del arroyo a tullidos, enfermos y ciegos, y siempre cuidó personalmente los casos más graves.

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Enfermeras en la Edad Media.
Enfermeras en la Edad Media.

Otra samaritana fue Radegunda, reina de Calia en el siglo VI, quien se separó de su violento marido -el cual tenía además otras cinco mujeres, a quienes también maltrataba- y fundó en Poitiers el primer monasterio y hospicio de Francia, con 200 diaconisas. Cambió sus regios ropajes por una túnica de tosco paño de lana sin teñir, y no se amilanaba ante enfermedad alguna, ni aun ante la lepra; su régimen hospitalario insistía en el reposo, la dieta sana y, caso raro en aquellos tiempos, la limpieza.

Aunque en las enfermerías monásticas se proscribieron durante mucho tiempo los baños, por suponerse que despertaban el deseo sexual, Radegunda desafió abiertamente esa norma e hizo bañar a los enfermos.

La culta Santa Hildegarda, abadesa del convento benedictino situado cerca de Bingen, junto al Rhin, en la Alemania de hoy, quien dedicó su larga vida (1098-1178) al estudio y cuidado de los enfermos, y fue considerada a la vez médica y enfermera. Sus escritos sobre filosofía y medicina ocupan un puesto muy destacado en la literatura de la época; dos de sus libros, el “Liber simplicis medicinae” y el “Liber compositae medicinae”, fueron escritos, al parecer, para información de las monjas encargadas de las enfermerías de los numerosos monasterios benedictinos. Entre sus revolucionarias recomendaciones se encuentra la que somete a los diabéticos a una dieta especial sin nueces, dulces, especias ni líquidos.

La primera Cruzada hacia Jerusalén dio origen a la orden religioso-militar del Hospital de San Juan de Jerusalén, en 1113, cuyos miembros fueron conocidos como “hospitalarios”. Su tarea primordial consistía en cuidar de los miles de peregrinos que llegaban a la llamada “Ciudad santa”. Una de las reglas de los establecimientos hospitalarios era que el enfermo tenía derecho a dar órdenes que los hermanos de servicio debían obedecer. Los hermanos sólo se ocupaban de atender enfermos.

Los establecimientos hospitalarios disponían, por otra parte, de médicos y cirujanos que gozaban del privilegio de comer a la misma mesa con los caballeros hospitalarios. La insignia de los hospitalarios, capa negra con cruz blanca, fue copiada por la rama femenina de la orden, la cual estableció hospitales para mujeres en España, Portugal, Francia, Inglaterra y Malta.

Existen diversos aspectos relacionados con la enfermería como los antecedentes religiosos en las tribus primitivas con los chamanes, el brujo, la curandera. Luego, el cristianismo fue impregnando en la decadencia del imperio romano y más tarde en la época feudal. Durante mucho tiempo la atención a la salud y los cuidados de enfermos estuvieron motivados por los conceptos de ayuda y caridad.

La doctrina de Cristo y la fraternidad lograron la transformación de la sociedad y el desarrollo de la enfermería organizada. El altruismo puro, predicado por los primeros cristianos, comulgaba a la perfección con el pensamiento y motivación de la enfermera cuidadora, que se traducía en cuidado caritativo, amoroso y desinteresado. El cuidado de los enfermos y desvalidos surge en la parábola del buen samaritano, donde se abarcaban las necesidades básicas humanas: "dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar a los presos, albergar a los que carecen de hogar, cuidar a los enfermos y enterrar a los muertos".

Así, el cuidado de los enfermos y afligidos se elevó a un plano superior, convirtiéndose en una vocación sagrada, en un deber de todos los hombres y mujeres cristianos. Se cree que factores como una mejor posición social de la mujer romana, la igualdad de hombres y mujeres ante Dios y la llamada de Dios a realizar su labor con todos los afligidos, favorecieron la incorporación de la mujer a la enfermería.

Las primeras órdenes de mujeres “enfermeras” crecieron rápidamente y se convirtieron en expresión de los deseos filantrópicos y vocacionales, formando parte de ellas las diaconisas y las viudas y más tarde se incorporaron las vírgenes, las presbíteras, las canónigas y las monjas.

Discípulos de San Francisco

Clara de Asís -más tarde canonizada-, hija de noble familia, fue inducida por San Francisco a abandonar sus riquezas y fundó en 1212 una congregación femenina que se hizo famosa con el nombre de Orden de Clarisas Pobres. Formada en su mayoría por mujeres previamente ricas que habían preferido dedicarse a servir al prójimo, las clarisas cuidaron principalmente a leprosos, a quienes albergaban en chozas de caña y barro alrededor de su convento de San Damiano, en Italia. Al igual que los frailes franciscanos, las clarisas mantenían a la comunidad con limosnas y rechazaban los esfuerzos del Papa Inocencia III por obligarlas a aceptar propiedades con el fin de que contaran con medios propios de subsistencia.

San Francisco fundó también una orden secular de hombres y mujeres humanitarios, conocidos como los Terciarios, quienes, aunque convivían con sus respectivas familias, se dedicaban a ayudar a los desvalidos y enfermos. Miembro notable de este grupo fue Isabel de Hungría, hija de un rey magiar, casada a los 14 años con un noble muy amigo de las diversiones. Isabel recorría a pie el camino que del castillo descendía a la villa de Eisenach, para alimentar a los pobres, cuidar a los enfermos y bañar a los recién nacidos. Con la ayuda de su marido, construyó en Turingia –en el medio de Alemania- muchos hospitales donde humildemente atendía a los enfermos.

Otra de las grandes santas samaritanas fue Catalina de Siena, quien a los 18 años profesó en la Orden Tercera de Santo Domingo. Pronto se hizo notar por el cuidado delicado y solícito con que asistía a los que padecían las enfermedades más repulsivas, sobre todo lepra, cuyos casos más graves tenía a su cuidado, y cáncer. Trabajaba en el hospital de Santa Maria della Scala, en Italia, hoy abierto como museo, y con frecuencia se la veía recogerse, caída la noche, y atravesar las calles oscuras con un farolillo encendido.

Las Beguinas y el Hótel-Dieu

Lamber de Bégue, obispo de Lieja, Bélgica, fundó en 1180 una orden secular de hermanas enfermeras que se ramificó más tarde por toda Europa. Cualquier mujer podía profesar como beguina, siempre que cuidara enfermos en hospitales y atendiera hogares humildes y podía abandonar libremente la orden en cualquier momento.

Las beguinas erigieron en los arrabales de las ciudades, ermitas comunales (béguinages) agrupadas alrededor de una iglesia, y allí vivían dedicadas a atender a los enfermos. Durante guerras, hambrunas y epidemias convertían sus ermitas en hospitales. También sirvieron de enfermeras en los campos de batalla. A finales del siglo XIII había unas 200 mil beguínas, y eran pocas las comunidades de la Europa occidental en las que no hubiera, por lo menos, uno de sus conventos.

A partir del año 650, y durante más de un milenio, las monjas agustinas dedicaron su vida a los enfermos de las salas del Hótel-Díeu de París. Desde el día en que tomaban el velo hasta el de su muerte, jamás salían del Hospital. Acogían a cualquier enfermo, fuese cual fuese su religión, con la única excepción de los leprosos. En los primeros siglos, el paciente al ingresar entregaba su ropa a la hermana de turno, quien le daba un gorro de dormir; luego, pasaba a acostarse, desnudo, con los demás. Normalmente había más de un ocupante en cada cama, y cuando el hambre y las epidemias llenaban las salas, llegaron a acostarse seis personas en un solo lecho, unos de cabecera a pies y otros al revés.

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Pabellón del Hotel-Dieu, en París.
Pabellón del Hotel-Dieu, en París.

Después de un adiestramiento que duraba 12 años o más, las novicias agustinas pasaban a ser enfermeras y luego hermanas, pero en realidad la instrucción era escasa, pues aprendían por experiencia. Las monjas cocinaban, les servían a los enfermos dos comidas diarias, confeccionaban la ropa de los recién nacidos y la mortaja para los difuntos; lavaban la ropa blanca del hospital, administraban lavativas y medicinas y cortaban el cabello y las uñas de los pacientes.

Hermanas de la Caridad

En 1617, el gran filántropo y fundador de hospitales San Vicente de Paúl organizó las Damas de la Caridad, orden seglar de mujeres acomodadas que visitaban a los enfermos pobres en los hospitales, les daban alimentos y preparaban medicinas.

Con Louise de Marillac, la más competente y abnegada del grupo, fundó una orden de enfermeras más amplia, las Filles de la Charité, allegando adeptas entre las campesinas jóvenes, inteligentes y solteras.

Una de las reglas de las Hermanas de la Caridad rezaba: "Cocinará alimentos y los llevará a los inválidos, a quienes saludará con alegría al entrar en su morada. Lavará las manos de la persona enferma, bendecirá los alimentos y los colocará en una bandeja, haciéndolo todo con el mismo espíritu de amor que si se tratara de sus propios hijos. Comenzará su ronda por los que tienen alguien que les ayude, y la terminará con los que están solos, para quedarse más tiempo con ellos".

En 1847 Francia se enorgullecía de poseer unas dos mil instituciones, con casi siete mil hermanas en total. Las Hermanas de la Caridad servían también como enfermeras en los hospitales de otros países católicos europeos y en los territorios franceses del Nuevo Mundo. La experiencia adquirida en epidemias y otros desastres la aplicaron en tiempo de guerra a los soldados heridos y enfermos.

Durante la Reforma, en los países protestantes se suprimieron las órdenes católicas, sus cuerpos de enfermeras y sus hospitales, sin substituirlos por otros.  

En el siglo XVIII, el filántropo y reformador social John Howard recorrió 65 mil kilómetros por Inglaterra y el continente europeo, visitando hospitales y prisiones. Su devastador informe sobre las condiciones que encontró, inició un movimiento en favor de la salud pública en la Europa septentrional.

El Instituto Kaiserwerth

La reforma se inició en Alemania en 1836, cuando un joven pastor protestante, Theodor Fliedner (1800-64) y su esposa Frederika fundaron en Kaiserwerth -una de las zonas más antiguas de la zona alemana de Düsseldorf- un hospital para indigentes, y revivieron una primitiva orden cristiana de diaconisas para cuidar allí a los enfermos. En el plazo de un año estaban adiestrándose 12 jóvenes idealistas, muy trabajadoras. El pastor Fliedner las consagró una por una, bendiciéndolas.

El curso de “enfermería”, de tres años, era dirigido por la señora Flíedner, mujer de asombrosa capacidad, cuyo único adiestramiento había sido empírico. Enseñó a las muchachas a manejar asuntos domésticos, cocinar y llevar las cuentas; las sometió a una rotación de servicio en las salas de hombres, mujeres y niños y en las casas particulares, y convenció a un médico para que les enseñara rudimentos de anatomía, fisiología y farmacología.

El sistema Fliedner, que desde entonces han seguido numerosas escuelas de enfermeras, incluía un plazo de prueba, un certificado médico de buena salud, un salario, clases y conferencias regulares, una etiqueta especial, y una inspectora encargada de todo. Requerimiento notable del Instituto Kaiserwerth era que las enfermeras enviadas a domicilios particulares habían de ser tratadas como miembros de la familia, no como sirvientas, dándoseles tiempo suficiente para descansar.

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Capilla del Instituto Kaiserwert.
Capilla del Instituto Kaiserwert.

La fama de Kaiserwerth se extendió por el extranjero, y en 1849 el pastor Fliedner fue invitado a fundar un instituto similar en Pittsburgh. Acompañado de cuatro diaconisas, se hizo cargo de la Pittsburgh Infirmary -hoy Passavant Hospital-, primer hospital protestante de los Estados Unidos, y fundó la primera escuela norteamericana de enfermeras.

Visitante famosa de Kaiserwerth fue la reformadora cuáquera Elizabeth Fry. Cuando volvió a Inglaterra, organizó las Hermanas Protestantes de la Caridad, cuyo adiestramiento se basaba en el plan de Fliedner. La apatía general limitó la eficacia de su pequeño, pero abnegado grupo de mujeres. La Iglesia de Inglaterra estableció también varias congregaciones reducidas de enfermeras, pero fueron necesarias la guerra de Crimea y la indomable Florence Nightingale para restaurar la dignidad y la humanidad de la nueva profesión.

Continúa mañana.

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Comentarios

Comentarios

Hola, Gracias por ese articulo que da a conocer la historia de la profesión. La historia, como siempre, permite conocer el hilo conductor de lo que vivimos. Hace poco hice una rapida investigación sobre las "danzas Macabres" que aparecieron en Europa después de la primera gran peste en el año 1348. Fue un movimiento artistico que según las investigadores empenzó en Paris por un grupo de poetas que se agrupaban en los cimentarios. Existe una cierta cantidad de documentos que permiten conocer ese movimiento artistico. Les dejo un link para que revisen lo poco que encontré. Link: https://tutofrancos.blogspot.com/2020/04/las-danzas-macabres-de-le-edad-media.html Saludos,

Mi agradecimiento, y al tiempo mi disculpa; no cuento con dinero por el momento. En lo futuro haré mi contribución económica que no será la que se propone pero haré el esfuerzo. Felicito al periódico naciente que no sólo informa sino que forma el espíritu.

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