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Viernes, 18 de septiembre de 2020
Especial campaña electoral de 1970

La penetración extranjera en las industrias chilenas en los años 60

Álvaro Briones (*)

Iansa

Iansa en 1965. Foto de Antonio Quintana.
Iansa en 1965. Foto de Antonio Quintana.

El autor analiza los diversos ángulos de la desnalización de la industria chilena desde las primeras décadas del siglo XX, proceso que se acelera a partir de los años 50 para consolidarse en los 60 con la expansión de los principales grupos económicos en el país.

Cuando las contradicciones sociales llegan al grado de agudización que han alcanzado en nuestro país, necesariamente se extrema el uso de los medios de dominación ideológica. Medios que se alimentan del desconocimiento en que la mayoría de la población permanece respecto de la estructura económica en que se desarrollan sus actividades cotidianas. En este sentido, es muy gráfica la agitación desatada en torno a las relaciones comerciales y financieras con el bloque socialista. 

El senador Renán Fuentealba, presidente además del Partido Demócrata Cristiano, trató por todos los medios de iniciar una polémica con el doctor Allende, adjudicándose (en representación de su colectividad) la postura de defensor de la independencia económica y cautelador "del interés de Chile ( ... ) por lo que la DC siempre ha luchado" (carta al General Prats del 18 de diciembre). 

En una casa abierta de amplia difusión, Fuentealba planteó al Primer Mandatario ocho preguntas sobre algunos problemas que, según el parlamentario, había logrado detectar el Departamento Técnico del PDC. Algunas interrogantes: era efectivo, o no, que el Gobierno había celebrado convenios comerciales que obligaban a adquirir en la Unión Soviética "equipos anticuados e insuficientes" (pregunta 1); si el Gobierno "habla renunciado a las amplísimas posibilidades que ofrece el mundo industrial moderno", orientando hacia la URSS o sus "mercados cautivos” las cotizaciones para determinados proyectos de desarrollo industrial (pregunta 3). La quinta pregunta cuestionaba el patriotismo del Presidente por haber facilitado el acceso "a los secretos industriales y a la experiencia de nuestras grandes empresas mineras a un competidor potencial como la Unión Soviética". 

Plantear la defensa de la independencia económica en esos términos significa que: 

a) Dicha independencia se genera en las "amplísimas oportunidades que ofrece el mundo industrial moderno". De éste, debe excluirse a la Unión Soviética Y sus "mercados cautivos", lo cual, si entendemos como tales mercados cautivos al bloque socialista en genera! (no esperamos del senador y su equipo técnico diferenciaciones entre la URSS y China Popular, por ejemplo), nos reduce este mundo al sistema capitalista. Vale decir, plantean que la independencia se genera por la inserción de Chile al sistema capitalista mundial, sistema que está en su fase superior de desarrollo, llamado imperialista. 

b) La independencia económica se pierde o se reduce en la medida que se comienzan a abandonar los lazos que expresen dicha inserción y se establecen relaciones con países socialistas. En este sentido, la carta de Fuentealba es bastante explícita  pues contiene expresiones de rechazo a relaciones comerciales (preguntas 1 y 4), financieras (preguntas 2 y 6) y tecnológicas (preguntas 3 y 5).  

Si se excluye en estos planteamientos el anticomunismo exacerbado, propio de una situación preelectoral (“los soviéticos se están apoderando de nuestros secretos"), nos encontramos con la vieja receta desarrollista que proclamó por décadas la "necesidad" de la sacrosanta inversión extranjera. 

Aquí es donde aparece el aprovechamiento ideológico de la ignorancia popular, puesto que el senador Fuentealba -y la derecha en general- está proponiendo como fórmula nueva la misma que la burguesía el imperialismo aplicaron en Chile hasta 1970. 

 Por esta razón es que resulta importante conocer algunas facetas del proceso de desarrollo económico de Chile, integrado al sistema capitalista mundial y también las características que dicho desarrollo y dicha integración determinaron sobre el funcionamiento del sector industrial. 

Desarrollo industrial e imperialismo

El capital imperialista en general -y estadounidense en particular- se ha orientado siempre de preferencia hacia el sector minero-exportador de nuestra economía (de acuerdo con el Survey of Current Business del Depto. de Comercio de USA, en 1968, el 60,9 por ciento de las inversiones estadounidenses tenía ese destino); pero el desarrollo industrial chileno está, también, indisolublemente ligado al capital extranjero. 

La industria en Chile se mantuvo en una situación embrionaria hasta que el propio sistema capitalista mundial, a través de las empresas de las potencias imperialistas, se decidió a darle un impulso. 

Este hecho está directamente ligado al control internacional de la tecnología de avanzada que detentan esas empresas. El acelerado proceso de desarrollo tecnológico que caracteriza al llamado "mundo industrial moderno" y que es propio de las potencias imperialistas -principalmente Estados Unidos- desde fines del siglo pasado, tiene un importante efecto sobre su mercado de bienes intermedios, fundamentalmente de bienes de capital. 

obreros

 Obreros de maestranza en 1967. Foto de Domingo Ulloa.
Obreros de maestranza en 1967. Foto de Domingo Ulloa.

De una parte, el desarrollo tecnológico conlleva el desarrollo del sector productor de bienes de capital, lo que implica la necesidad de nuevos mercados en donde colocar la sobreproducción. La demanda de nuevos mercados es también provocada por la reducción del plazo de reposición del capital constante en las empresas -originada igualmente por el acelerado desarrollo tecnológico que torna tempranamente obsoletos maquinarias y equipos que aún podrían seguir prestando sus servicios productivos por mucho tiempo más y que, en muchos casos, probablemente no están siquiera totalmente amortizados al momento de ser ya tecnológicamente obsoletos. 

Esta situación se vio agravada históricamente a raíz de la gran crisis del 29 que, si bien redujo los niveles de producción al interior de las grandes potencias, mantuvo prácticamente inalterados (por motivos de la competencia monopólica) los procesos de generación de nueva tecnología. 

La mejor salida era destinar el equipo obsoleto a producir en mercados foráneos que garantizaran, además, altas tasas de ganancias, hecho que permitía maximizar la ventaja de controlar tanto la nueva como la vieja tecnología. Estos mercados, obviamente, debían ser aportados por los países periféricos a las potencias. Para ello era necesario que en esos países se desarrollara previamente un sector industrial que hiciera efectiva una demanda de importaciones por las maquinarias y equipos que expresaban materialmente la tecnología obsoleta. 

Fue solamente en ese momento que la burguesía nacional pudo desarrollar definitivamente el sector industrial de la economía, basándose en los medios que el imperialismo proporcionó y sigue proporcionando, puesto que una vez que se construya una base tecnológica para la industria, no queda más alternativa que seguir alimentándola con nueva tecnología del mismo origen. Por así decirlo, una vez que se adquiere la primera máquina, no hay más alternativa que comprar todos los repuestos y equipamiento al mismo vendedor y en el futuro, las máquinas que complemente a la primera también tendrán que comprarse ahí. De este modo se fue estructurando una base tecnológica “nacional”, cuyas características pasaron a ser determinadas por las necesidades del desarrollo autónomo de las potencias imperialistas y no en función de los requerimientos objetivos de la economía nacional. Esta es una de las bases de la situación de “dependencia tecnológica industrial” a la cual nos referiremos en detalle más adelante.

El primer gran negocio del imperialismo fue la venta de los bienes de capital que requería la industria nacional, que se realizaba a precios monopólicos y creaba además sólidos lazos de dependencia tecnológica.

Pero las necesidades del imperialismo eran tales, que no se limitó exclusivamente a estimular el desarrollo del sector industrial de la economía proveyendo su base tecnológica, sino que también se preocupó de entregar un estímulo más directo, instalando sus propias subsidiarias en sectores claves.

Así fue como ya en 1920 se instaló la Compañía Sudamericana de Explosivos, subsidiaria de E. Y. Dupont de Nemours y la Compañía Chilena de Representaciones “AGA”, productora de oxígeno y gas de acetileno, subsidiaria de A. B. Gasacumulalator “AGA”. En 1921 la British American Tobacco Company, subsidiaria de la empresa del mismo nombre; en 1927, la Compañía Chilena de Fósforos, subsidiaria de Svenska Tandsticks Aktiebolages A.B.;  en 1928, Otis Elevator Company, ensambladora de ascensores y subsidiaria de la empresa del mismo nombre; Park Davis & Company, de productos farmacéuticos y J&E Atkinson Company, fabricante de perfumes, subsidiarias todas de las empresas del mismo nombre. Posteriormente, en 1929, se instaló RCA Victor a producir discos por cuenta de su homónima estadounidense.

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Industria farmacéutica en los 60. Foto de Antonio Quintana.
Industria farmacéutica en los 60. Foto de Antonio Quintana.

Durante la década de los 30 y como efecto de la ya señalada necesidad del imperialismo de ampliar sus mercados de exportación de bienes de capital tecnológicamente obsoleto, se produjo una nueva oleada de inversiones directas en el sector industrial chileno. Vale decir, se crearon nuevas industrias que demandaran maquinarias y equipos a los gigantes industrializados.

El intento de desnaciolización total

Después de la Segunda Guerra Mundial, la expansión industrial no correspondió sólo a la necesidad de las empresas imperialistas de contar con un buen mercado de exportación, sino que también a la de exportar su propio capital a fin de desarrollarse, dado el cada vez más restringido marco de sus propias economías nacionales, que ya alcanzaban –en el caso de la potencia hegemónica, Estados Unidos- el auto conferido status de “economía de bienestar”.

Se trataba, esta vez, de un intento consciente de copar el sector industrial, desnacionalizándolo. Así fue como las inversiones estadounidenses en el sector industrial, prácticamente se duplicaron entre 1955 y 1968, aumentando de 31 millones de dólares a 69 millones (Survey of Cirrent Business: U.S. Department of Commerce, varios números).

El proyecto, incuestionablemente más serio, se aplicó también de manera mucho más calculada, apelando a todos los mecanismos que proporcionaran el control monopólico mundial de la tecnología y el dominio político que el imperialismo tiene sobre la burguesía nacional, cuya aspiración máxima –convencida ya de lo utópico de la competencia- era una integración “beneficiosa” con él.

Así fue como el imperialismo procedió primero a “probar” los mercados, entregando licencias de producción y autorización de uso de determinadas tecnologías, condicionándolo –además de su pago, problema del que daremos cuenta más adelante- a una participación minoritaria en la propiedad del capital o más directamente, del control gerencial de la empresa. Paralelamente a ello, el mismo imperialismo se beneficiaba de una frondosa legislación cuyo único objetivo era estimular la penetración del capital extranjero.

En este sentido, y sólo para citar un caso, cabe considerar la historia del “Estatuto del Inversionista”, cuya primera versión data de 1954, con el DFL 437 que, a fin de “atraer” al capital extranjero a instalarse en el país, entregaba franquicias tales como congelación de los tributos vigentes a la fecha del aporte y liberación de aranceles aduaneros. Este decreto fue modificado con posterioridad, mediante la Ley 12.084, de agosto de 1956, modificación que tendía a restringir las franquicias en algunos casos, y en otros, a hacerlas extensivas también a las empresas nacionales, dándoles a éstas, las mismas garantías que ya se habían concedido a las empresas extranjeras. Pero, posteriormente, en la década de los 60. Cuando, como ya dijimos, la burguesía nacional terminó de comprender lo ilusorio de plantearse un sentido competitivo con el imperialismo, se volvió a los esquemas entreguistas anteriores, a través del DFL 258 de 1960, conocido como el anterior por “Estatuto del Inversionista”.

Resulta realmente lamentable que, para aquella fecha, los componentes del “equipo técnico” de don Renán Fuentealba fueran todavía muy jovencitos –o estuviesen ocupados obteniendo un “magíster” o “doctorado” en alguna universidad  norteamericana- como para “detectar” ésta, que sí era una escandalosa apertura de las fronteras económicas de un país a la intromisión extranjera.

Un interesante estudio realizado por Roger Burbach, del North American Congress on Latin America (NACLA) (“The Evolution of Imperial Institutions. The Chilean Experience”), desarrollado a través del Centro de Estudios Socio Económicos (CESO) de la Universidad de Chile, permite demostrar que en 1970, 44 de las 100 mayores empresas industriales del país eran controladas directamente por inversionistas extranjeros; otras ocho se habían desarrollado bajo control foráneo, pero en la actualidad no presentan signos de ese control (ver lista adjunta). Por último, al asumir el presidente Salvador Allende, 36 empresas eran controladas directamente desde el exterior.

Estas empresas representan el verdadero centro motor del sector industrial de nuestra economía. Ellas, como puede comprobarse, han nacido directamente ligadas al capital imperialista extranjero (o capital proveniente del “mundo industrial moderno”). Las características de funcionamiento de estas empresas representan literalmente, por lo tanto, “las amplísimas oportunidades” que ofrece este “mundo” que tanto atrae a nuestros burgueses y sus representantes.

(*) Economista, investigador del Centro de Estudios Socio-Económicos, CESO, al escribir este artículo, publicado en la revista Chile Hoy el 28 de enero de 1973.

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No debiese ser 'desnacionalización' tanto en la bajada como también en el subtitulo 'El intento de desnaciolización total'. Si estoy mal, díganmelo.

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