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Sábado, 10 de Enero de 2026
[Voces lectoras]

Potencias parásitas

Javier Agüero Águila

No hay claridad ninguna de lo que vendrá, solo sabemos, tal como lo dijo el presidente de Estados Unidos, que Venezuela está bajo su “administración” y que el petróleo será recuperado para los norteamericanos. Este es un período brevísimo de tiempo pero de altísima intensidad: “Hay décadas donde nada ocurre y hay semanas donde ocurren décadas”, escribía nuevamente Lenin en 1917 cuando regresaba a Rusia después de diez años de exilio.

Apuntaba Lenin en sus escritos de 1916 que el “[…] el imperialismo es el capitalismo en su fase superior monopolista y parasitaria”. Cierto que esto es extensible a todo tipo de imperio que busca transformar a “países menores” primero, en protectorados para tercerizarlos y, después, dejar a esos mismos pueblos dependientes y subalternos. Es lo que hizo la propia URSS en toda su famosa órbita de represión y doxa inmovilizando a esos pueblos condenados a los designios que el Comité central, en una suerte de feudalismo “frío” pero incuestionable, definió de ahí en más.

Sin embargo hoy, y a propósito lo que viene de ocurrir en Venezuela, el pasaje de Lenin –nos guste o no la figura, nos provoque o no indigestión el sustantivo, o que de inmediato active los radares ultrones que lo verifican como un mantra a invocar instantáneamente cuando de surtir el anticomunismo se trata, es imposible evadir sus enormes aportes a la teoría marxista, sobre todo inyectándole contexto ahí donde Marx no alcanzó a ver el tiempo de las expansiones a gran escala– resignifica en el “hemisferio” de Trump (no se sabe qué quiso decir con esto porque los hemisferios son el del norte y el del sur pero bueno, se comprende desde su delirio expansionista) en el entendido que el capitalismo es más que un sistema económico sino que, se sabe, una estrategia geopolítica de repartición del mundo, sobre todo después de las Primera Guerra Mundial.

Es en esta línea que las potencias invaden para parasitar de los pueblos invadidos, si entendemos por “parasitar” a lo que define la RAE: “Utilizar como alimento a otro ser vivo sin llegar a matarlo”.

Entonces no se trataría de lanzar una ojiva nuclear y hacer desaparecer a Venezuela, de lo que va es de mantenerla en plena salud de tal forma que sus recursos naturales puedan ser aprovechados al máximo en el tiempo, asumiendo que esta es la forma en que EEUU resuelve sus estrategias de guerra económica de cara a China, principalmente, pero también a Rusia e Irán que, del mismo modo, asediaban en Venezuela no precisamente porque amaran el clima, sino porque sabían y saben que el 20% del crudo mundial, de controlarlo, puede ser el renglón que falta en la redacción de la historia de una hegemonía total.

No obstante, al día de hoy, fue Trump quien “desde la democracia más antigua y sólida de la historia” quiebra lo que en teoría son valores civilizatorios mínimamente consensuados, ahí donde, se presume, el derecho internacional que prima por sobre los intereses de naciones particulares no podría ser a tal nivel violado. Cierto es que, con esto, el presidente de Estados Unidos abandona el multilateralismo y repone definitivamente la política de los ejes. Trump decide transitar hacia una secularización del orden mundial. No más Derecho Internacional, ni Carta de Naciones Unidas o respeto por los organismos multilaterales. No hay opciones para las terceras vías o para progresismos revisitados o escaneados. O se está con las potencias de uno u otro “hemisferio” o derechamente se está fuera.

Lo que le ha ocurrido a la Unión Europea es en este sentido sintomático; no pudo entrar en la guerra digital contra EEUU ni ser competencia para los países asiáticos, principalmente con China, en la fabricación de microprocesadores. Entonces, si hay una nueva Guerra fría o algo parecido, La UE no entrará o bien se alineará, y en esta perspectiva deberá saber calcular con quien le conviene abrochar sus lealtades. El Estados Unidos de Trump ya anunció el fin del apoyo a Europa.

Pero volvamos a la idea de Lenin y el capitalismo parasitario. Quien entra a seguir con este análisis, en otra tradición pero sin pasar por alto al pensador ruso, es Michel Foucault.

En el curso dictado en el Collège de France de enero de 1978 y que se tituló Seguridad, territorio y población plantea, siguiendo la sofisticación de las tecnologías de seguridad de los estados desde el siglo XVIII, que en el presente se habría pasado de la noción de lo biopolítico a la de “gobierno”. En esta línea, y revistando muy rápido, el filósofo francés sostendrá que el capitalismo requiere de territorializar para gestionar y controlar a la población. Por territorialización entendemos el delimitar, fijar puntos de dominio y estratificar al mismo tiempo las técnicas de monitoreo permanente. Solo definiendo qué y dónde está la fuente de la dominación es que ésta misma puede devenir expansiva y totalizante.

¿No es acaso lo que ha hecho Donald Trump al identificar en América latina el espacio sensible a la territorialización urgente que le permitirá dar batalla por el hegemón planetario? Es decir ¿una supremacía política, económica, militar y cultural sobre otros, actuando como el gran y nuevo Leviatán que no reducirá riesgos ni se ahorrará medios para desatar su irrefrenable pulsión de dominación? Hablamos de algo así como una globalización sin participación del mundo sino que más bien un fractal de los designios de las potencias centrales.

En este sentido es posible plantear que América latina, a la vez que vuelve a ser considerado “el patio trasero de Estados Unidos” –pastiche de la doctrina Monroe–, también es la vanguardia de este país. Es con nuestro continente por delante, a modo de primera línea, que la potencia del norte puede hacer frente a sus otros enemigos que cuentan ellos mismos con sus zonas sensibles de territorializar (Ucrania, Taiwán). De otro modo, no somos únicamente el recodo terciario del que EEUU extrae sus recursos, sino que el motor que le permite ingresar en la disputa global y, en esta línea, ser la avant-garde.

El chavismo no ha desaparecido en Venezuela ni lo hará. Para Trump, al día de hoy, es más seguro parasitar de él (considerando que aún mantiene el control del ejército) que acudir a Corina Machado o Edmundo González que algo pesan en la población, mas no son injerenciales, tributando poco o nada a esta suerte de nueva Roma. No toda disidencia a una dictadura es ex nihilo una disidencia patriótica, puede ser sin complejos pro-colonialista. En nombre de la libertad la historia ha visto nacer monstruos; en este caso, ciertamente, Machado no es Hitler, pero no tiene querella alguna con la anexión de Venezuela y de someterse a EEUU, bien que Trump la haya tachado brutalmente.

Y todo esto es al menos curioso cuando no patético, Machado, desde la ultraderecha y siendo una devota trumpista, al punto de la humillación y que por tanto tiempo dio batalla por derrocar al chavismo, hoy es un personaje secundario con un rol casi invisible y sin potencia para volverse trama en el país que pretendió liberar apelando a cualquier método. Trump es lo más impredecible que a nivel geopolítico se ha visto jamás, y ni siquiera alguien que le quiere ceder el premio Nobel a modo de permuta por poder interno es, frente al rey, una presencia, o algo, una zona de influencia, por el contrario, Machado se sumerge en una grieta indignante e intrascendente.

No hay claridad ninguna de lo que vendrá, solo sabemos, tal como lo dijo el presidente de Estados Unidos, que Venezuela está bajo su “administración” y que el petróleo será recuperado para los norteamericanos. Este es un período brevísimo de tiempo pero de altísima intensidad: “Hay décadas donde nada ocurre y hay semanas donde ocurren décadas”, escribía nuevamente Lenin en 1917 cuando regresaba a Rusia después de diez años de exilio.

Con todo, tal vez la única pregunta que tenga sentido sea la formulada por el mismo Vladímir Ilich Uliánov en 1901: ¿Qué hacer? O más allá, conectamos, como lo escribe Jacques Derrida en la pista leninista:  ¿Qué hacer de la pregunta «¿Qué hacer?»? (Le Nouveau Monde, París, 1994).

Trump abre el espacio para una absoluta indeterminación y, al contrario de todo lo que pudiera pensarse, nos devuelve a los estuarios múltiples de la deconstrucción, una deconstrucción siempre siendo; que es contingencia(s) y fractura en la continuidad del mundo y, entonces, incombustible, profunda y radicalmente política.



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