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Domingo, 11 de Enero de 2026
[Interferencia América Latina]

Venezuela culpa a Cuba del ataque de EE.UU. y de la muerte de Chávez

Carel Fleming (desde Washington D.C.)

Venezuela culpa a Cuba de no haber detectado el ataque a Caracas a tiempo. Los agentes cubanos confundieron acumulación de datos con influencia estratégica. Tener información no es lo mismo que poder usarla. Y en este escenario, usarla habría sido inútil y suicida. Cualquier intento de presión habría unificado al aparato de seguridad estadounidense y acelerado la intervención. La Habana lo sabía. Por eso eligió no actuar.

Durante décadas, Cuba tenía una inteligencia omnipotente, infalible, capaz de anticiparlo todo y de sostener regímenes aliados contra cualquier presión externa. En Venezuela no fueron socios: fueron tutores, custodios y dueños de los hilos reales del poder. Pero esa supuesta hermandad revolucionaria se resquebrajó hace años. Según documentos confidenciales extraídos durante el ataque en Caracas por comandos del Delta Force desde el búnker de Nicolás Maduro, el fallecimiento de Hugo Chávez habría sido un asesinato ordenado por Fidel Castro, y explica en detalles las razones de esa operación cubana.

Ahora, casi trece años después, el quiebre entre Venezuela y Cuba se volvió definitivo. Caracas culpa a los agentes cubanos de no advertirles de la intervención de Estados Unidos. El pasado 3 de enero, la inteligencia cubana dejó de ser todopoderosa y menos aún confiable.

La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela no fue solo el final del chavismo como proyecto regional, sino la prueba más contundente de que la inteligencia cubana ya no tenía capacidad real de protección, disuasión ni control. No falló por sorpresa. Falló porque el sistema estaba agotado, infiltrado y superado desde dentro. Caracas responsabiliza a la inteligencia cubana, pero la desconfianza comenzó desde que Hugo Chávez se enfermó, y aumentó cuando falleció. La Habana siempre tuvo intimidada a los Chavistas. Saben sus más oscuros secretos. Pero ahora que Estados Unidos es el nuevo “administrador” ya esa información es irrelevante.

Venezuela no solo está rota social y económicamente: está políticamente desconfiada de quien durante años fue su tutor silencioso. Cuba dejó de ser el aliado estratégico y pasó a ser un socio incómodo, observado con sospecha dentro del propio chavismo. La relación, construida sobre control, inteligencia y dependencia, hoy se resquebraja porque Caracas empieza a preguntarse si La Habana fue alguna vez un socio o siempre fue un carcelero, y hasta posiblemente los asesinos de su líder Hugo Chávez.

¿Cuba eliminó a Chávez?

Los miembros del Delta Force de Estados Unidos, apoyados por informaciones de la CIA, no solo extrajeron a Nicolas Maduro y su esposa, sino que también bolsas de documentos y discos duros. Una alta fuente que participó como analista en el operativo, y tuvo acceso a los informes, comentó que uno de esos archivos le llamó mucho la atención: la versión, de la enfermedad y posterior muerte de Hugo Chávez no habría sido una casualidad biológica, sino una operación de la inteligencia cubana en la que Fidel Castro, habría ordenado la muerte del expresidente venezolano, y las razones son aún más llamativas.

Según indican los documentos, Fidel Castro se habría enterado de que, mientras él enfrentaba graves problemas de salud, Chávez exploraba la idea de ser él quien reemplazara el liderazgo cubano en la revolución regional. Hugo Chávez, compartió su idea a un grupo de generales cubanos, en que él dirigiría Cuba desde Venezuela y los generales en La Habana serían sus ministros. Algo parecido a lo anunciado ahora por Donald Trump de querer ser el CEO de Venezuela.  

Los documentos muestran las versiones del alto mando cubano, particularmente a generales de inteligencia que jamás aceptaron la idea de Chávez y menos perder el control sobre Venezuela, su principal activo estratégico en América Latina.

Esos generales habrían advertido a Fidel Castro que Chávez ya no era confiable. A partir de ahí —según narran los documentos confidenciales— la relación se congeló, el respaldo se volvió vigilancia y, de manera repentina, Chávez se enfermó. Castro le ofreció trasladarlo a La Habana para darle “mejor atención y seguridad” donde se debilitó más aún. Desde que se le detectó su enfermedad y murió pasó un año y nueve meses. El plan del líder venezolano había sido desarticulado y la amenaza eliminada por Fidel Castro, quien falleció casi tres años después que Chávez.

Tras la muerte de Hugo Chávez, comenzó a instalarse en círculos de poder una convicción inquietante: que para Fidel Castro el verdadero plan no era sólo sobrevivir a Chávez, sino reemplazarlo por alguien mucho más manejable. En esa lógica, Nicolás Maduro aparecía como la pieza perfecta. Sin carisma propio, sin liderazgo militar real y sin una base orgánica comparable a la de Chávez, Maduro representaba la oportunidad de oro para que La Habana pasara de la influencia a la subordinación total de Venezuela. Un presidente débil, dependiente y aislado era más útil que un comandante popular con agenda propia.

La diferencia se notó de inmediato en los anillos de seguridad. Chávez nunca permitió una custodia extranjera tan invasiva ni una presencia cubana tan profunda en su entorno íntimo. Chávez tenía escoltas cubanos, ya que después del golpe de estado en su contra del 2002, ya no confiaba en algunos generales. Pero nunca tantos como en la administración de Maduro que fue rápidamente rodeado por asesores, escoltas y operadores cubanos, desplazando a cuadros venezolanos y blindando el poder desde La Habana. No se trataba de proteger al presidente, sino de controlarlo. Así, Venezuela dejó de ser un aliado estratégico para convertirse en un territorio administrado, donde las prioridades ya no se decidían en Caracas, sino en función de los intereses de Cuba y de su élite política.

No hay autopsia política que cierre este caso, pero el daño ya está hecho. La sola circulación de estos documentos y versiones confirma que la alianza Cuba-Venezuela murió con Chávez. Hoy, en Miraflores, nadie cree en la hermandad revolucionaria ni en la lealtad cubana. Lo que antes se aceptaba por miedo, hoy se comenta como advertencia: en el proyecto chavista, Cuba no solo asesoró, también decidió, y cuando sintió amenazado su poder, no dudó en cortar el hilo.

En los niveles de servicios de inteligencia no es extraño este tipo de operaciones. De la misma forma los norteamericanos sospechan de la CIA y el Mossad de estar detrás del asesinato del presidente John F. Kennedy.

Venezuela culpa a Cuba de no haber detectado el ataque a Caracas a tiempo. Los agentes cubanos confundieron acumulación de datos con influencia estratégica. Tener información no es lo mismo que poder usarla. Y en este escenario, usarla habría sido inútil y suicida. Cualquier intento de presión habría unificado al aparato de seguridad estadounidense y acelerado la intervención. La Habana lo sabía. Por eso eligió no actuar.

Ese silencio no fue astucia ni cálculo fino. Fue reconocimiento de impotencia. Cuando la decisión política ya está tomada, los archivos no detienen helicópteros ni operaciones especiales. La inteligencia cubana quedó reducida a un archivo muerto frente a un poder que ya había definido el desenlace.

La caída de Venezuela fue rápida porque estaba fragmentada, negociada e infiltrada desde adentro. Altas figuras del chavismo comenzaron a colaborar mucho antes del colapso final. No por convicción democrática, sino por instinto de supervivencia y dinero. Cuba no pudo evitarlo porque ya no controlaba a nadie.

La inteligencia cubana siguió operando como si la Guerra Fría no hubiera terminado. Creyó que el miedo, la vigilancia y la lealtad ideológica eran suficientes para blindar un régimen. No entendió que el nuevo poder se mueve por información accionable, tiempos rápidos y traiciones internas.

Cuando el tablero regional se redefinió, Cuba ya no tenía aliados fuertes ni capacidad de escalamiento. Su inteligencia sabía mucho, pero ya no podía hacer nada con ese conocimiento. Y cuando la inteligencia no puede actuar, deja de ser inteligencia y se convierte en memoria.

Estados Unidos no necesitó neutralizar a Cuba directamente. Solo esperó. El colapso interno del chavismo hizo el trabajo. La inteligencia cubana observó, entendió lo que ocurría, pero ya no tenía herramientas para intervenir.

Durante días, The New York Times y The Washington Post tuvieron indicios claros de que algo mayor se estaba gestando contra Venezuela. No lo publicaron. No por censura, ni por alineamiento político, sino por una razón simple: no arriesgar la vida de soldados estadounidenses en una operación en curso. Ese silencio contrasta con la ceguera —o la irresponsabilidad— de la inteligencia cubana. O no supieron leer las señales que sí detectaron redacciones civiles a miles de kilómetros de distancia, o las leyeron y optaron por ignorarlas. Ambas opciones son igual de graves.

Si no supieron, confirma la derrota estructural de sus aparatos de inteligencia. Si supieron y no actuaron, entonces aceptaron sacrificar a sus propios soldados con tal de no convertirse ellos mismos en el blanco directo del ataque.

Mientras los grandes medios estadounidenses decidieron callar para proteger vidas, los servicios que se suponía debían anticipar, evacuar o neutralizar la amenaza no hicieron nada visible. La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿la inteligencia cubana fue superada… o eligió no ver para no pagar el costo político de admitir que el ataque era inevitable? En cualquiera de los dos escenarios, el resultado es el mismo: vidas perdidas, poder evaporado y una región que descubre demasiado tarde que quienes decían protegerla ya no tenían control de nada.

Cuba terminó cuando dejó de ser creíble para sus propios aliados. Y cuando eso ocurre, no hay discurso que lo sostenga. La inteligencia cubana no perdió un aliado: perdió su lugar en la historia del poder regional.

Tras el ataque los agentes cubanos comenzaron a huir de Caracas. Unos rumbo a México y otros a Panamá. Colombia, no es una opción. Petro los puede blindar sólo hasta agosto. En el caso panameño, los espías cubanos tienen protección del gobierno, que dice ser anti-chavista, pero por debajo de la mesa, el presidente José Raúl Mulino, opera y hace negocios con la familia panameña Carretero Napolitano, empresarios de la construcción en Venezuela y Cuba y socios de Nicolas Maduro y la familia Castro. Los Carretero Napolitano fueron sancionados hace unas semanas por Estados Unidos por corrupción. El actual presidente panameño, incluso usa el mismo avión privado en el que viajan los Castro y que utilizaba Maduro.

Por años Cuba y Venezuela han tenido una fuerte presencia de servicios de inteligencia en Panamá. Su capital es como la película “Casa Blanca”, un enjambre de espías de todo el mundo intercambiando información. Los agentes cubanos al salir de Venezuela hacen recordar la última escena y el famoso diálogo entre Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, “si ese avión despega y tú no vas con él, lo lamentarás. Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero sí pronto… y para el resto de tu vida”.



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