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Jueves, 22 de octubre de 2020
Especial: las elecciones de 1970

La palabra de Allende en la campaña: ¿reforma o revolución?

Rolando Álvarez Vallejos (*)

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 El número 3 de Allende en el voto. Foto de Enrique Paulo
El número 3 de Allende en el voto. Foto de Enrique Paulo

Esta segunda parte del artículo del historiador Rolando Álvarez Vallejos, titulado originalmente como La Unidad Popular y las elecciones presidenciales de 1970 en Chile: la batalla electoral como vía revolucionaria, aborda el intento de "construir lo que en ese tiempo se llamó 'el Chile nuevo'”. Además, ahonda en el papel que tuvieron las mujeres y los jóvenes en la campaña de 1970.

En 1970 Salvador Allende Gossens lograba un hecho inédito en la historia de Chile al convertirse por cuarta vez consecutiva en candidato a la presidencia dela República. Con una amplia experiencia en campañas para diputado y senador, existe consenso entre los especialistas en señalar que Allende era un político de gran oratoria, en tiempos en que esta constituía una herramienta fundamental para transmitir el mensaje político. Por ello es que la de 1970 –que sería la última como candidato– fue una campaña en donde se combinaron las experiencias anteriores de Allende con una coyuntura política que permitió abrir espacio a un discurso que sintonizó con un importante segmento de votantes del país. Es decir, la vinculación de base de la izquierda y su estrecha relación con las organizaciones sociales, unida a la desilusión provocada por Frei Montalva –expresada en las movilizaciones campesinas y de pobladores más arriba reseñadas–, con la práctica electoral tradicional de la izquierda chilena, pragmática y preocupada por obtener soluciones concretas a los problemas de las personas.

Es por ello que el mérito del 36% obtenido por Salvador Allende en 1970 radica en que logró retener su votación en un esquema tripolar y con un discurso más radical que el de 1964. Ya no bastaba un simple programa reformista, porque el gobierno demócrata cristiano había agotado en parte el capital político de esa opción, obligando a las fuerzas de la Unidad Popular a posicionarse más a la izquierda.

Dentro de este marco, el papel que le cupo a Salvador Allende en tanto abanderado de la Unidad Popular consistió en representar dicha amalgama entre la tradicional cultura política de la izquierda chilena y los nuevos aires radicalizados que caracterizaron al país en la coyuntura presidencial de 1970. Considerado un político tradicional, acostumbrado a las sesiones parlamentarias, las negociaciones y la transacción, encabezó el movimiento político y social más amplio y numeroso de la historia de Chile, cuyo programa implicaba transformaciones sustanciales al régimen de dominación capitalista, incluido el tema de la propiedad privada.

Por ello, el discurso de campaña de Salvador Allende en 1970 expresó esta suma de experiencias y nuevas adquisiciones, lo que explica que la fórmula “¿reforma o revolución?” se volviera excluyente e insuficiente para definirla. Fue la superación de esta dicotomía lo que hizo singular la experiencia de la Unidad Popular, ya que esta, por medio de una combinación de medidas reformistas y otras revolucionarias, intentó construir lo que en ese tiempo se llamó “el Chile nuevo”.

La campaña de Salvador Allende, como era costumbre en las colectividades de izquierda, se caracterizó por las visitas del candidato a los lugares en donde estaban los posibles adherentes de la campaña. Junto con ello, se privilegiaron los actos de masas, tanto en Santiago como en las provincias. El listado de lugares visitados físicamente por Allende es muy extenso, y comprende poblaciones, sindicatos, industrias, universidades, plazas y ciudades de todo tamaño. En ellos, Allende ponía en funcionamiento la tradicional estrategia de la izquierda de utilizar las elecciones como un espacio de pedagogía social, con el objetivo de concientizar a la población. En el caso del discurso de Angol, Allende, en referencia al respaldo popular que recibía en sus visitas a terreno, indicaba algo que repitió constantemente a lo largo de la campaña: “…y se han volcado familias enteras a trabajar por el triunfo, no de un hombre, sino de una concepción integral que hará un gobierno popular…” (El Siglo, 19 de junio de 1970). Es decir, Allende le explicaba a sus posibles electores que su candidatura no era una aspiración o un capricho personal, sino que representaba una idea, un proyecto. Tal como lo había dicho a los pocos días de ser proclamado, el éxito de la UP “no será la victoria de un hombre, ni siquiera la victoria solo de los partidos populares. Será la victoria de las masas, del campesino, del maestro, de la madre proletaria, del trabajador, del pequeño comerciante e industrial, del empleado público y particular” (El Siglo, 23 de enero de 1970). Es decir, el empeño de Allende fue mostrarse como representante de un anhelo nacional, pluriclasista, encarnado en las tradiciones de lucha del pueblo, por años sometido a la dominación. Por eso el discurso de Allende fue optimista, portador de “buenas nuevas” para un pueblo que se describía desamparado (El Siglo, 24 de agosto de 1970).

Junto con reiterar la convocatoria pluriclasista –pues nunca se definió como el candidato “obrero”– pugnaba con sus rivales por convertirse en el verdadero representante del “pueblo”, tópico que fue permanente de la campaña. De esta manera, el candidato izquierdista enunciaba la tesis que su sector político había levantado por décadas: la posibilidad del cambio social se produciría mediante la participación en los espacios que el propio sistema político chileno tenía. Así, el llamado allendista para las elecciones de 1970 se podía resumir en que existía la oportunidad histórica de apoyar un proyecto de país que, a través de traspasar el protagonismo político a las mayorías postergadas, construiría una nueva sociedad.

Por este motivo, cuando el médico socialista improvisó su discurso el 5 de septiembre en la madrugada para celebrar la primera mayoría relativa obtenida, insistió en el optimismo histórico: “…les digo que se vayan a sus casas con la alegría sana de la limpia victoria alcanzada. Esta noche, cuando acaricien a sus hijos, cuando busquen el descanso, piensen en el mañana duro que tendremos por delante, cuando tengamos que poner más pasión, más cariño, para hacer cada vez más grande a Chile, y cada vez más justa la vida en nuestra patria…”.

El pueblo al poder

Salvador Allende no fue un teórico ni un dirigente caracterizado por dejar escritos sus pensamientos y principales tesis políticas. Su fortaleza era la tribuna pública, en donde explicaba sus planteamientos. En el caso de la campaña de 1970, Allende se preocupó de explicar en qué consistía la novedad de la “vía chilena al socialismo”. En un discurso en la ciudad de Arica explicaba cómo entendía al proceso político chileno: “…queremos la revolución, que la entendemos como un proceso general de cambio social y económico destinado a reemplazar una clase  social egoísta y parasitaria, llevando al pueblo al poder…” (El Siglo, 1 de marzo de 1970).

¿Cómo iba a ocurrir esto? El propio candidato lo establecía, ahora en un discurso ante trabajadores en Santiago, respondiendo a la campaña del terror de la derecha: “El Dr. Allende dijo que la Unidad Popular llegará al poder por la vía legal, y precisando la posición de este movimiento en torno al Ejército dijo ‘El Ejército es el pueblo vestido de uniforme’” (El Siglo, 14 de agosto de 1970).

El sujeto revolucionario no sería “la clase obrera” a secas, sino un conjunto de actores sociales. En sus discursos, Allende los nombraba frecuentemente: “saludo fraternalmente a los obreros, campesinos, estudiantes, pensionados, pequeños propietarios, mujeres, intelectuales y jóvenes…” y los conminaba a cobrar presencia nacional “para ejercer los deberes y derechos irrenunciables que les corresponden dentro de la construcción de la nueva sociedad chilena y como principales protagonistas del Poder Popular…” (El Siglo, 2 de mayo de 1970).

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Mujeres allendistas en una micro Pila Cementerio. Foto de Celeste Ruiz de Gamboa.
Mujeres allendistas en una micro Pila Cementerio. Foto de Celeste Ruiz de Gamboa.

Con todo, el propio Allende dejaba establecido que los trabajadores serían los principales actores del movimiento, porque ellos “han adquirido conciencia de que en nuestro país es indispensable que se opere una sustitución del sistema político, económico y cultural que hasta hoy se mantiene vigente, sobre la base que los trabajadores adquieran la preeminencia que les corresponde como fuerza enormemente mayoritaria, motor de nuestro desarrollo nacional” (El Siglo, 2 de mayo de 1970).

Como la forma (o “vía” en el lenguaje de la época) para sustituir el capitalismo sería sin mediar una guerra civil, sino que copando el aparato de Estado capitalista y desde él impulsar el proceso revolucionario, era fundamental contar con un activo respaldo popular. Esto explica que Allende repitiera durante la campaña que en su gobierno serían fundamentales el protagonismo y la participación popular: “…la lucha nuestra es para que ustedes, los trabajadores, sean gobierno. Que ustedes puedan participar en las empresas en que trabajan a través del Consejo de Economía” (El Siglo, 14 de agosto de 1970).

Siendo más explícito en su propuesta, y diferenciándose del programa de “promoción popular” del gobierno de Frei, Allende afirmaba tajantemente que “no habrá participación popular, como ofrecen las otras candidaturas, porque el pueblo será el que gobernará directamente, sin intermediarios” (El Siglo, 9 de junio de 1970). De esta manera, Allende anunciaba su concepción del poder popular, consecuente con la “vía” elegida para la transformación de la sociedad, consistente en respaldar las medidas del “gobierno popular” y los espacios obtenidos dentro del aparato estatal. Así, estuvo alejada del discurso de Allende una visión del poder popular como instancia paralela al Estado, que lo confrontara y destruyera desde fuera de la institucionalidad. Como ha sido señalado, este énfasis en la participación popular era el mecanismo para diferenciarse de los regímenes de capitalismo de Estado o “populismo”. Es decir, para la izquierda gradualista y el propio candidato de la UP, el “poder popular” significaba que la participación de los trabajadores “estaba llamada a agregar al poder parcial del gobierno, la fuerza de las organizaciones de masas populares […]; significaba creatividad ‘desde abajo’, pero con disciplina laboral”.

Obviamente que Allende ocupó buena parte de sus discursos de campaña para explicar en qué consistía su programa. Sobre la política de nacionalizaciones, ante las denuncias de la derecha, el candidato de la UP aclaraba que estas afectarían “solo a una minoría poderosa a la cual el pueblo no va a perseguir pero a cuyos desmanes pondrá atajo. El gobierno de la UP va a herir los intereses de solo un 4 o 5 por ciento de la población para defender a los restantes 96 a 95 por ciento de los chilenos” (El Siglo, 3 de junio de 1970). Es importante para entender los planteamientos de Salvador Allende, que su perspectiva, a pesar de su discurso “clasista”, era nacional, dirigida a la mayoría de la población. Por eso es que en el caso de las nacionalizaciones, resaltaba que serían un bien común, y no solo para “la clase obrera”. De hecho, el propio Allende repitió el papel fundamental que tendrían que jugar los sectores medios en su gobierno: “…estas nacionalizaciones permitirán influir en los procesos económicos y disponer de los recursos para detener la inflación, desarrollar la economía, eliminar la cesantía, dar estabilidad a los pequeños y medianos empresarios, orientar la producción nacional hacia los artículos que el pueblo requiere…” (El Siglo, 3 de junio de 1970).

Apelación pluriclasista

Junto con la parte más programática del discurso de Allende durante la campaña, especial importancia tuvo el demostrar conocimiento de la realidad concreta de los sectores populares y ofrecer medidas específicas para solucionar los problemas de las personas. La dimensión “nacional-popular” del discurso allendista, con su énfasis en la construcción de una mayoría social y la apelación pluriclasista, tuvo su correlato en esta faceta que conectaba al candidato con la vida cotidiana de sus posibles electores. La importancia de este aspecto del discurso de campaña de Allende se manifiesta en que lo repetía incesantemente. En el fondo, hacer una campaña en terreno estaba estrechamente relacionado con demostrar tanto conocimiento de la realidad como capacidad de propuesta. Unido al mensaje de esperanza y alegría por el futuro mejor que se venía para Chile, la capacidad de proponer soluciones sensatas y concretas a la población fue la otra gran fortaleza de la campaña presidencial de la izquierda en 1970.

En un clima donde las tomas de terrenos se producían con regularidad, Allende se refería frecuentemente al problema de la vivienda, de las ferias libres, de la reforma agraria, entre decenas de otros temas (El Siglo, 20 de febrero y 15 y 19 de junio de 1970). En la ciudad de Calama, polemizando con el candidato demócrata cristiano Radomiro Tomic, Allende sacaba a relucir sus condiciones de “hacedor”: “…los hospitales de Antofagasta y Calama llevan mi firma en el proyecto que los creó, y allí no está la firma de Tomic. La Universidad del Norte corresponde a una iniciativa mía, y la Ley de Accidentes del Trabajo y Enfermedades profesionales nos pertenecen. Yo puedo decir que no conozco ninguna Ley que proteja a la madre y la familia que lleve la firma de Tomic…” (El Siglo, 17 de agosto de 1970). Como en toda campaña, Allende no estuvo exento de ofrecer la resolución de todo tipo de problemas, cayendo en la tentación del “tejo pasado” típico de este tipo de elecciones.

Algunas eran medidas concretas, como la disolución del “Grupo Móvil”, ente perteneciente a Carabineros especializado en la represión de las movilizaciones sociales; otras, evidentemente, no dependían solo del poder ejecutivo o eran problemas a resolver a largo plazo, pero igualmente eran “ofertadas” al electorado: el alcoholismo, alza de las pensiones, la casa propia, entre otras medidas ofrecidas al calor de la campaña (El Siglo, 2 de septiembre de 1970).

Hemos querido mencionar estos ejemplos porque nos parece que para explicar la fortaleza electoral de la izquierda chilena se debe tener en cuenta que, durante décadas, una parte de las “promesas” electorales se hicieron realidad a través de iniciativas de leyes aprobadas en el parlamento o ejecutadas en los municipios. Es decir, las fuerzas de la Unidad Popular podían demostrar su capacidad “realizadora”, por lo que las promesas electorales de Allende en 1970 tenían un respaldo histórico. En este sentido, hay que relativizar lo que se ha planteado respecto a la izquierda chilena, en el sentido de que solo una vez que controlara parte del aparato estatal capitalista –el poder ejecutivo– empezaría a construir la nueva sociedad. En realidad, sin una definición teórica detrás, la izquierda chilena, a su manera, sí comenzó a vivir la nueva sociedad sin haber accedido nunca al poder ejecutivo, ya que por medio del conjunto de leyes y control de gobiernos municipales vastos sectores de la población habían experimentado o se habían visto influidos por las políticas de este sector. Indudablemente el contorno social que el país tenía hacia 1970 estaba influido –se podría discutir cuánto– por las políticas de la izquierda. Esto se traducía en que en los tiempos analizados en este artículo votar por Salvador Allende no representaba un salto hacia un futuro desconocido sino respaldar a un sector político con tradición y experiencia legislativa y de poder local.

En consonancia con el diseño general de la campaña, Salvador Allende se preocupó de incluir a los jóvenes y a las mujeres en sus discursos de campaña. En el caso de estas últimas, el candidato de la UP las caracterizaba como las sostenedoras del hogar popular, por lo tanto aguerridas y luchadoras. Consciente de la dificultad de la penetración de la izquierda en este nicho electoral, el candidato de la UP, junto con su mensaje de optimismo que caracterizó a toda la campaña de 1970, no vacilaba en señalar que las mujeres y los niños serían los sectores más favorecidos durante su gobierno (El Siglo, 5 de agosto de 1970).

Por su parte, los jóvenes fueron el otro sector de la sociedad interpelado por Allende. Si en el caso de la mujer la promesa era de mejorar sus condiciones materiales de existencia y una vaga idea de terminar con “toda discriminación”, en el caso de los jóvenes la invitación allendista era a convertirse en protagonistas en la construcción de la nueva sociedad. Para los jóvenes, el llamado era a la acción, a construir, lo que se conectaba directamente con el mensaje optimista de la campaña, portadora de una subjetividad social en donde la realización del sueño de una sociedad más justa aparecía a la vuelta de la esquina.

En esta perspectiva, en una multitudinaria manifestación juvenil hacia el término de la campaña, Allende “llamó a la juventud a una grande y maravillosa tarea histórica, a una tarea digna de la juventud, a construir la plena independencia de Chile…”. De acuerdo a la crónica, “…de manera vibrante, Allende llamó a la juventud a formular una promesa de honor ante su conciencia y ante la historia, de hacer realidad el legado de O’Higgins, de luchar contra el imperialismo y sus aliados internos, de terminar con el latifundio agrario y minero, de luchar por la liberación del hombre y por la construcción del socialismo […]. La promesa fue respondida por con un mayúsculo ¡Sí! por toda la juventud presente…” (El Siglo, 21 de agosto de 1970).

Este llamado, con marcado acento épico y mesiánico, asignaba a los jóvenes la tarea histórica que tradicionalmente un sector de la izquierda asignaba a “la clase obrera”, de liberar a las grandes mayorías sociales del yugo de la dominación. Esta dimensión ética, de principios, aglutinó a una generación de jóvenes que creyeron ver con el triunfo de Allende en 1970 un largo sueño cumplido por las generaciones anteriores. Los jóvenes estaban convocados a ir en la cresta de la ola del proceso de la Unidad Popular.

Las mujeres y los jóvenes

La centralidad de la mujer y de los jóvenes en la campaña de 1970 quedó reflejada en ocasión del discurso que Allende hizo desde el balcón del edificio perteneciente a la FECH en la madrugada del 5 de septiembre de 1970. Emocionado, exaltó desde sus primeras palabras la importancia del papel de la juventud y su valor simbólico en el triunfo obtenido: “…nunca un candidato triunfante por la voluntad y el sacrificio del pueblo usó una tribuna que tuviera mayor trascendencia. Porque todos lo sabemos. La juventud de la patria fue vanguardia en esta gran batalla, que no fue la lucha de un hombre, sino la lucha de un pueblo…”.

Sobre la importancia que le cabría a la mujer en el proceso que comenzaba –más allá de que nuevamente en 1970 el voto para el candidato izquierdista fue minoría entre ellas– se manifestó en las cuatro alusiones que hizo de ellas durante este “discurso de la victoria”. Así, en el momento de agradecer el respaldo recibido, Allende destacó tanto a los jóvenes como a las mujeres: “…para los que están en la pampa o en la estepa, para los que me escuchan en el litoral, para los que laboran en la precordillera, para la simple dueña de casa, para el catedrático universitario, para el joven estudiante, el pequeño comerciante o industrial, para el hombre y la mujer de Chile, para el joven de nuestra tierra, para todos ellos, el compromiso que yo contraigo ante mi conciencia y ante el pueblo –actor fundamental de esta victoria– es ser auténticamente leal en esta gran tarea común y colectiva…”.

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Los jóvenes, pilar de la campaña de Allende. Foto de Ximena Castillo
Los jóvenes, pilar de la campaña de Allende. Foto de Ximena Castillo

De esta manera, en las palabras que eran la bisagra entre dos momentos políticos distintos, la campaña y la proclamación por el Congreso Pleno en octubre, Salvador Allende resumía el carácter heterodoxo, desde la lógica del marxismo en uso en la época, de la “vía chilena al socialismo”; el carácter pluriclasista de su apelación de masas, como por la validación de la táctica gradualista para llevar a cabo un programa de transformaciones estructurales del sistema político, económico, social y cultural del país. Allende, a lo largo de los meses de campaña, sin negar el carácter radical de su programa, al señalar que el objetivo final era “el socialismo” y la lucha contra las poderosas minorías nacionales y extranjeras, supo acompañarlo de tres aspectos que lo aproximaron a los votantes: primero, una convocatoria amplia, que incluía a la inmensa mayoría de los chilenos, haciendo difuso el discurso clasista más duro de la izquierda; segundo, ofreció un conjunto de medidas concretas, sentidas por la población y que le permitían sintonía con ella; tercero, buscó aproximarse a sectores reacios tanto a participar en las elecciones (jóvenes) como a votar por la izquierda (mujeres), lo que tonificó la campaña con un discurso político de carácter nacional; cuarto, todos estos elementos se vieron empapados de un mensaje de optimismo histórico, con propuestas concretas para iniciar “la revolución chilena”, la que era hecha aparecer como una inminencia histórica. Así, en manos de un sujeto histórico amplio y diverso –que podríamos denominar “vanguardia compartida”, en oposición al clásico papel hegemónico de la “clase obrera”– quedaba la misión de obtener la “Segunda Independencia” de Chile.

Esta parte discursiva de la campaña estuvo acompañada de un amplio des pliegue territorial, de la mano de los CUP, que cumplieron la misión de agitar y difundir las propuestas de la Unidad Popular, pero que también funcionaron como órganos que canalizaban la protesta social. Los CUP significaron una sistematización superior de una práctica tradicional de la izquierda, consistente en visualizar como un conjunto la lucha electoral y la promoción de la movilización social. Es decir, el espíritu revolucionario de la militancia y de los simpatizantes de izquierda no debía verse disminuido por participar en los torneos electorales. La “vía chilena al socialismo”, en su definición más de fondo, implicaba una concepción de camino revolucionario original y parte sustancial de esta originalidad radicaba en la superación de la dicotomía reforma/revolución como caminos excluyentes.

En el caso de la Unidad Popular, de la mano de la reforma, es decir, de las soluciones concretas, del discurso “nacional-popular”, del alejarse del “obrerismo” clasista, se daría paso a los cambios revolucionarios, a lo que Allende denominaba “el cambio del sistema político y económico”. Con el control del poder ejecutivo, la Unidad Popular iniciaría un proceso transformador que modificaría la estructura que consagraba la explotación y la desigualdad social como sistema de vida en Chile.

Sin embargo, debajo del entusiasmo y optimismo de una campaña presidencial polarizada y confrontacional como lo fue la de 1970, el escepticismo de sectores de izquierda dentro y fuera de la Unidad Popular estaba latente. La singularidad de la “vía chilena al socialismo”, sus guiños “reformistas” y apelaciones a las clases medias eran vistos como una renuncia a una verdadera vocación revolucionaria.

Con todo, como la guerra civil dentro de la izquierda aún no se declaraba, la Unidad Popular y su candidato lograron transmitir la imagen de unidad y alegría, y ser los portadores de las verdaderas soluciones a los problemas que desde siempre aquejaban a la mayor parte del país. Los CUP y el discurso de Allende fueron el vehículo de esta buena nueva. Un poco más de un tercio del país respaldó este sueño. El desafío posterior fue intentar ganar la mayoría absoluta. De ello, tal como lo demostraron los hechos posteriores, dependería la suerte de la “vía chilena al socialismo”.

(*) Rolando Álvarez Vallejos es doctor en Historia y académico de la Universidad de Santiago. Este artículo fue titulado originalmente  “La Unidad Popular y las elecciones presidenciales de 1970 en Chile: la batalla electoral como vía revolucionaria”. Se publicó en OSAL, Buenos Aires, CLACSO; año XI, N° 28, noviembre 2010.

Mañana: Los grupos económicos en 1970

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