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Miércoles, 23 de octubre de 2019
8° parte y final

Los libros clave para entender el Golpe: ‘Operación Exterminio’

Carmen Hertz
Apolonia Ramírez
Manuel Salazar Salvo

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Portada de 'Operación Exterminio'
Portada de 'Operación Exterminio'

Durante estos días INTERFERENCIA ha ofrecido la reproducción de los aspectos más significativos de los libros clave que explican el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. En esta entrega, la última, republicamos el capítulo uno, El Golpe, del libro “Operación Exterminio. La represión contra los comunistas chilenos”, de Carmen Hertz, Apolonia Ramírez y Manuel Salazar, impreso por LOM Ediciones. 

La noche en Teatinos 416

La noche del 10 de septiembre de 1973 en la sede principal del Partido Comunista, en la casona que aún existe en la esquina norponiente de las calles Compañía y Teatinos, a tres cuadras de la Plaza de Armas de Santiago, se reunió de urgencia el Pleno del Comité Central. Orlando Millas, uno de los principales ideólogos del Partido, integrante de la Comisión Política, informó que el golpe era inminente y que se había reducido al mínimo la cantidad de adeptos con que contaba el gobierno al interior de las Fuerzas Armadas. El presidente Salvador Allende estaba aislado, al igual que la UP y la clase obrera.

Luego intervino Mario Zamorano, el encargado de Organización. Leyó una lista con los nombres de los dirigentes que saldrían al día siguiente rumbo a las provincias con la tarea de informar sobre la situación a los comités regionales. Pasadas las 22 horas se puso término al encuentro. En el segundo piso siguieron trabajando los encargados del aparato militar y de inteligencia. En otras dependencias los miembros del equipo de Autodefensa que protegían el local empezaron a destruir papeles y preparar las escasas armas y artefactos explosivos que se utilizarían en la defensa del recinto si era necesario.

Reunión en el Comité Regional Capital

David Canales Ubeda, a los 29 años, era uno de los principales integrantes de la Seguridad comunista. Experto en Inteligencia y Contrainteligencia y formado en la República Democrática Alemana, RDA, se especializó en los asuntos más delicados del Partido. Al momento del golpe trabajaba en una oficina al lado del Secretariado, en el local de Teatinos.

Recuerda:

Como a las tres me pasaron a buscar Carlos Toro y Mario Silbermann. Este último pertenecía a los “cabezas de huevo”, como llamábamos a la intelectualidad del Partido que trabajaba en las diversas estructuras del gobierno. Se había levantado la Marina, y la Escuadra -que había zarpado hacia alta mar con la excusa de la Operación Unitas-, regresó sorpresivamente y copó Valparaíso y los puertos estratégicos. Fuimos a la sede de Teatinos 416. Allí permanecían varios de los compañeros de Autodefensa y nos pusimos a “limpiar” el local. Le encargué a los viejos que quemaran todo lo que les dejé para quemar. Con Carlos Toro nos dimos unas vueltas en auto y fuimos a hablar con el equipo de Arnoldo Camú, el jefe del aparato militar del Partido Socialista. La reunión se hizo en una casa de ellos y fue muy mala. Estaban en absoluto desacuerdo con nosotros y nos miraron con mucho desprecio. Ellos querían actuar, resistir. Habíamos trabajado muy bien juntos, pero en ese momento tan crítico no estuvimos de acuerdo.

De allí, con Toro nos fuimos a la sede de calle Vergara, donde debía concentrarse la Dirección del Partido. Llegamos como a las 7:30 de la mañana. En el lugar se constituyó la Comisión Política y todo el Comité Regional Capital, que era muy fuerte políticamente, la base del equipo de organización de todo el  país. El secretario era Jorge Muñoz Putais, un hombre brillante. La Dirección había previsto en las semanas previas que si se producía el levantamiento militar el local de Teatinos se cerraba definitivamente, se sacaban todas las cosas, se escondía o se quemaba lo que pudiera ser capturado y el punto de encuentro, sólo para tomar las decisiones de último minuto, sería Vergara, el recinto del Regional Capital, a las 9 de la mañana.

Todos llegaron mucho más temprano que lo previsto ya que nadie durmió. Hubo una reunión formal para hacer entrega del mando del Partido a la dirección clandestina que ya estaba nominada y preparada para asumir. El compañero Luis Corvalán se expresó muy brevemente y repitió en forma sucinta las instrucciones del Partido.

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La sede del Partido Comunista en Calle Teatinos
La sede del Partido Comunista en Calle Teatinos

En Vergara se reunieron los jefes de los comités regionales de Santiago más algunos de provincias que por diversos motivos estaban en la capital. Se pusieron de acuerdo en ciertos detalles y salieron a cumplir lo que había que hacer. El carácter de la nueva dirección lo daba su bajo perfil y la capacidad de los compañeros de cumplir las tareas sin desteñir ni encogerse. La mayoría de ellos eran viejos dirigentes del partido que habían trabajado en el aparato interno durante muchos años. Me refiero a Víctor Díaz, Oscar Riquelme, Mario Zamorano, Rafael Cortez y Américo Zorrilla, entre otros. Eran reconocidos líderes del Partido y conocedores de la antigua clandestinidad. Luego venía un grupo más joven pero muy capaz. Ahí estaban Jorge Muñoz, José Weibel y Mario Navarro, el mejor y más joven de los que dirigían el área sindical.

En esa misma reunión Corvalán corroboró lo que el Comité Central había decidido.

-Nosotros no estamos más que cumpliendo las instrucciones que nos dio la Comisión Política. Vamos a intentar salvar a esta parte de la Dirección dejándola fuera del equipo clandestino. Algunos tendremos que salir del país y otros tendremos que escondernos largo tiempo. Los que dirigen son los compañeros designados por la Comisión Política-, dijo.

Y agregó:

-También ratificamos la decisión del Comité Central que implica que si el golpe tiene las características que parece tener, como lo hemos visto desde hace días, eso indica que no fuimos capaces de atraer a una parte de las Fuerzas Armadas para apoyar a Allende. No somos capaces de resistir a las Fuerzas Armadas unificadas y en plan de guerra. Debemos replegarnos ordenadamente para salvar a la organización de la pérdida y de todas de las acciones desmedidas de los golpistas. El Partido pasará a tener un papel más importante, porque va ser el partido que va a quedar más entero. Vamos a pasar a tener mayor incidente aun en los acontecimientos durante este régimen dictatorial que se nos viene encima y obviamente las formas de lucha tendrán que ser distintas. Vamos a partir reorganizando el partido y daremos una principal importancia a la propaganda  y a la difusión de nuestras ideas.

Eran cerca de las 11:30 de la mañana. Se escuchaba el tableteo de las ametralladoras y disparos desde diversas direcciones. La calle Vergara, que une la Alameda Bernardo O’Higgins con el actual Parque O’Higgins, estaba rodeada de unidades militares que se estaban movilizando hacia el centro de la ciudad. Era necesario salir de ese lugar.

Alguien me tomó del brazo. Era Óscar Riquelme, que me ordenó:

 -Usted maneja. Voy yo, usted y dos personas más. El resto se va por otro lado. Vamos.

Llegamos a su casa, en la calle Santiaguillo, muy cerca de Avenida Matta, en el barrio San Diego. La vivienda era modesta, aunque muy acogedora, típica de un viejo y esforzado trabajador. Riquelme era el jefe de todo el aparato militar y de seguridad del Partido, que vivía ya largos años de opacidad política por obvias razones. Su compañera se metió a la cocina a preparar café y en eso llegó el resto de la gente: Víctor Díaz, Mario Zamorano, Rafael Cortez, Jorge Muñoz, Mario Navarro, Américo Zorrilla y José Weibel. La reunión fue muy breve y ejecutiva. Todo se había discutido muchas veces, estaban todos de acuerdo y tenían claros los papeles que debían cumplir. Don Víctor habló –como siempre- en forma pausada, breve y clara:

-De aquí en adelante la vida va a cambiar. Tenemos que aprender a adaptarnos a las nuevas condiciones. Tenemos que ser muy rigurosos en el cuidado del colectivo y ceñirnos a las reglas que hemos pensado y repensado. Vamos a vivir de manera sencilla para pasar desapercibidos.

Se limitó a nombrar no más de un par de responsabilidades, por cuanto el resto les sería informado privadamente. Repasó el método de funcionamiento; los consejos prácticos para constituir los aparatos especiales: enlaces, infraestructura, distribución de los medios materiales, seguridad; y, los aparatos intermedios: los coordinadores zonales, comités regionales, comisiones nacionales.

Luego repitió algunas normas propias de la clandestinidad:

-Lo que cambia es que nunca más nos reuniremos todos, sino por fragmentos. Tampoco nos vamos a ver siempre, usaremos el sistema de buzones y enlaces. No podemos seguir estando juntos todos los días, pero debemos seguir teniendo relaciones inmediatas,  mantenerlas pero sin que sean descubiertas. Cada uno sabe sus tareas. Se acabó la reunión. Ahora, un breve tiempo para que ultimemos detalles bilateralmente y nos retiramos.

Pasaron unos 15 minutos donde se trasmitieron datos de enlaces y buzones.

-Esta bueno, despidámonos.

Tras abrazarse, estrecharse las manos y darse algunos palmazos en las espaldas, comenzaron salir.

Yo me paré en el pasillo y los fui cacheando uno por uno. Les saqué todo: fotografías,  carnets, billeteras, libretas, papeles sueltos y  toda identificación o referencia personal. Fue poco agradable. Me miraron hoscos. Uno quería llevarse el carnet del partido como recuerdo, otro quería una foto de su familia. Fui implacable, pero nadie protestó, solo me miraron feo. Junté todo, lo quemé y lo tiré por el desagüe. Abracé a los últimos con la garganta apretada.

Nos marchamos a pie cada uno por una ruta distinta. Sólo don Víctor y don Américo se retiraron en auto. Yo mismo me aseguré de que los vehículos que usamos para llegar fuesen dejados muy lejos del lugar.

El fallido refugio del Secretario General

Luis Corvalán Lepe, Secretario General del Partido Comunista, despertó esa mañana del 11 de septiembre en su casa, en la calle Bremen 462, entre Simón Bolívar y Estrella Solitaria, en Ñuñoa. La vivienda era propiedad del Partido y había sido adquirida con dinero donado por Pablo Neruda luego de recibir el Premio Stalin de la Paz en 1953. Corvalán vivía con su esposa, Lily Castillo, con sus suegros y sus cuatro hijos. Antes de la 6 de la mañana, Orlando Millas, que vivía a la entrada de la comuna de La Reina, le avisó que el golpe militar estaba comenzando y que lo pasaría a buscar para dirigirse al Comité Regional Capital, en calle Vergara. Allí se tomarían las primeras medidas para enfrentar el levantamiento.

Concluida aquella reunión, luego de escuchar por radio el último discurso de Allende, los más conocidos decidieron retirarse hacia los lugares previamente elegidos parara esconderse. Corvalán partió adonde una profesora amiga en la calle Los Jardines, cuatro cuadras más arriba de la Plaza Ñuñoa. Al llegar se encontró con que la casa habían llegado sorpresivamente familiares de Talca y que era imposible permanecer allí. La profesora hizo urgentes gestiones para encontrarle un nuevo lugar de refugio. Pasadas las 3 de la tarde, cuando ya se había iniciado el toque de queda decretado por los golpistas, Corvalán salió caminando, con el rostro semi cubierto por una bufanda, hacia un nuevo refugio, a unas pocas cuadras de allí, en la calle Los Cerezos, cuya dueña de casa era Elizabeth Saintard, jefa de asistentes sociales del Hospital El Salvador, en la calle Los Cerezos.

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Luis Corvalán con Salvador Allende
Luis Corvalán con Salvador Allende

Una ligera llovizna cayo esa tarde sobre Santiago. Corvalán y su anfitriona escucharon radioemisoras del exterior hasta tarde. En sus memorias, el dirigente comunista rememora aquellas horas:

-Mientras seguía la evolución de los acontecimientos, no dejaba de pensar en cómo habíamos llegado a esto. En la mañana del 11 ya no pude hablar con el presidente, pues era imposible comunicarse, pero el día anterior me había mandado un mensaje vía Joan Garcés y Carlos Toro para que nos juntáramos con los otros jefes de los partidos que lo apoyaban. Habíamos estado en su casa de Tomás Moro el domingo 9 y él estaba convencido que venía el golpe. Se lo veía muy preocupado. Nos contó que pensaba enviar un proyecto al Parlamento para convocar a un plebiscito y dirimir el conflicto que existía por las áreas de la economía. Si lo perdía, estaba dispuesto a abandonar La Moneda.

En medio de esa reunión, el presidente recibió un llamado de la periodista Frida Modak, quien le comentó el discurso que había pronunciado Carlos Altamirano, secretario general del PS, en el estadio Chile. ‘Esto ya no tiene remedio’, comentó Allende. Pero había que jugar la última carta con José Cademártori con el respaldo expreso a ese proyecto. Al retirarnos de Tomás Moro, como a las once y media de la mañana, Pinochet estaba fuera, junto al general Urbina. Pinochet era un hombre de su confianza, pues lo había designado por indicación de Carlos Prats, y a él también le contó la idea del plebiscito. Así es que él sabía y el golpe se adelantó teniendo en cuenta ese anunció que se haría el martes 11.

Esa noche, en su última cena en Tomás Moro, junto a sus colaboradores más cercanos. Carlos Briones, Joan Garcés, Augusto Olivares, Orlando Letelier y Hugo Miranda, el presidente leyó en voz alta la carta que le habíamos enviado y la comentó favorablemente. Ahí quedaba claro que el PC fue el partido que estuvo más cerca del presidente en sus posiciones. Incluso, le pasó la carta a Briones para que la leyera. Más tarde, se la pidió de vuelta. Era un documento histórico.

Dado el carácter que habían tomado las cosas, el partido redactó en la tarde del lunes 10, una declaración que titulamos: ‘Cada uno en su puesto de combate’. Le pedimos a Julieta Campusano que le leyera en la noche por radio. A Orlando Millas le encargamos que reuniera al comité central para informarlo de la situación y distribuir las responsabilidades. Varios de ellos fueron destacados en varios puntos del país.

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El diario El Siglo el día del golpe
El diario El Siglo el día del golpe

Nosotros habíamos previsto, en un caso así, la posibilidad de que los trabajadores se declaraban en paro. Pero ocurrió que el país se paralizó por cerca de una semana, así es que esa estrategia no sirvió. Fue un golpe muy bien armado. Yo creo que no corresponde a la cabeza de Pinochet ni Leigh ni de Merino. Tuvieron asesoría internacional.

Yo estaba concentrado en la evolución de los hechos del día. A ratos pensaba en la magnitud del golpe que estaba ocurriendo. Mucha gente pensaba que sería una cosa transitoria. Nosotros nos dimos cuenta al tiro de que era un golpe serio, de tipo fascista. Pero, para qué me voy a mandar las porciones: nadie imaginó la duración ni la violencia que se iba a aplicar.

Por esos días, Fernando Ortiz le pidió a su cuñada, la doctora Paz Rojas, que escondiera a Jorge Insunza Becker, diputado y miembro de la Comisión Política del Partido. Ingeniero civil, director del diario El Siglo durante cuatro años, era uno de los dirigentes comunistas más conocidos. Había estudiado en el Liceo Alemán y en el Instituto Nacional, estaba casado con Magna Gregorio de Las Heras y mantenía buenos vínculos con dirigentes de todas las tendencias políticas y con algunos miembros de los estratos sociales más acomodados del país.

Un amigo del Partido se había marchado de Chile y dejó las llaves de su departamento, ubicado en el barrio Pedro Valdivia Norte, junto al cerro San Cristóbal, para que se cobijaran algunos de los dirigentes. Fernando Ortiz le dio las señas de Insunza a Paz Rojas y un punto de contacto en una esquina de la avenida Providencia.

La doctora, psiquiatra y neuróloga, docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile en el hospital José Joaquín Aguirre, hija del destacado novelista Manuel Rojas, ya estaba ayudando a  los perseguidos y atendía a los refugiados en algunas embajadas europeas.

Recogió en su automóvil a Insunza y lo condujo al departamento acompañado de una enfermera amiga que le prestaría asistencia. Había un único inconveniente: el departamento estaba sin luz eléctrica. Al día siguiente la enfermera la llamó con urgencia a su teléfono.

-A este caballero se le ocurrió arreglar los tapones y dar la luz. Los vecinos creían que el departamento estaba vacío y parece que llamaron a los carabineros. El edificio está siendo rodeado por militares-, avisó nerviosa la mujer.

-Salgan inmediatamente de allí y espérenme en Providencia con Manuel Montt. Voy de inmediato para allá-, fue la breve respuesta de la psiquiatra.

Paz Rojas condujo a Insunza hasta su casa en la Calle Diego De Deza, a escasas cuadras de la avenida Manquehue, en Las Condes, y lo instaló en uno de los dormitorios señalándole que a partir de ese momento sería un integrante más de la familia.

El “Coke” Insunza –así le decían sus cercanos- se puso a trabajar de inmediato a través del teléfono y tras efectuar algunos contactos lo primero que le pidió a la doctora Rojas fue que tratara de ayudar a Julieta Campusano, senadora e integrante de la Comisión Política, quien en la vivienda donde se  ocultaba había hecho una obstrucción aguda de vesícula y corría peligro de muerte. Paz Rojas y el doctor Pedro Castillo la sacaron del lugar y la ingresaron secretamente al hospital José Joaquín Aguirre donde fue sometida a una cirugía por manos amigas. En los días siguientes fue retirada de allí por otro grupo de colaboradores del Partido.

El siguiente encargo para la doctora Rojas fue que se juntara en la Plaza Ñuñoa con una mujer que mostraría ciertas características a quien debía pedirle que le comunicara a Luis Corvalán que debía redactar la primera declaración del Partido tras el golpe.

Paz Rojas cuenta:

-Me junté con la mujer y le pedí la declaración. A la segunda cita me dijo que me la iban a entregar el sábado siguiente en la Plaza Italia, en un quiosco  de diarios. La recogí y se la llevé al “Coke”. Luego me dijo que había que sacar a Corvalán del lugar donde estaba, porque no era seguro. Yo tenía varios amigos que me apoyaban y le conseguimos una parcela segura en Pirque, perteneciente a la familia Cuevas Mackenna.  Entonces fui de nuevo a reunirme con la mujer que estaba con don Lucho y le dije que me debía entregarme a Corvalán para llevarlo a un lugar más seguro. A la tercera o cuarta reunión ella me dijo que no me lo iba a entregar. Pasaron algunos días y supimos que Corvalán había sido detenido el 27 de septiembre. Dos o tres días antes de su captura llegaron el doctor Hernán Sanhueza y José Zapata para avisarle que sería trasladado a otra casa que había conseguido Fernando Ostornol.

Pasaron dos o tres años y yo estaba en Francia. Visitaba con frecuencia a Hernán Ramírez Necochea y a la Maty, su señora. Un día entro a su departamento y había una mujer sentada a quien le preguntan: ¿Conoces a la doctora Paz Rojas? Y entonces ella me mira y me vuelve a mirar y luego se toma la cabeza con dos manos y me dice: Doctora, yo desconfié de usted porque iba un día con el pelo corto y otro con el pelo largo y un día rubia y otro  morena… Yo le dije a don Lucho que por ningún motivo se fuera…

La mujer tan arrepentida era Elizabeth Saintard.

La profesora alemana de ojos azules

Pasaban los días y Jorge Insunza no lograba ubicar a Mireya Baltra, la popular suplementera comunista que había llegado a ser ex ministra del Trabajo e integrante del Comité Central. Finalmente la encontró y le pidió a la doctora Rojas que la recogiera desde una casa ubicada en la calle Escanilla, entre las avenidas Independencia y Vivaceta, a la altura del hospital José Joaquín Aguirre, en la actual comuna de Independencia. La psiquiatra llegó hasta el lugar en una ambulancia, acompañada por un par de enfermeros. Tocó el timbre y abrió un hombre de mediana edad con cara de preocupación.

-Vengo a buscar a la señora Mireya…

-Acaba de salir corriendo hacia Vivaceta…

-Pero…cómo….

-¿Que no se ha dado cuenta que los milicos vienen allanando casa por casa desde Independencia? ¡Me van a detener….!

-¡Sáquese la camisa, tiéndase en esta camilla y quédese quieta..!-, le ordenó la doctora.

Uno de los enfermeros le inyectó una sonda en el brazo y empezó a pasarle suero mientras le colocaban una mascarilla con oxígeno y empezaron a llevarla hacia la ambulancia. Un soldado intentó detenerlos…

-¡Un infarto grave! ¡Por favor déjenos pasar!-, pidió la doctora Rojas. El uniformado no supo qué hacer. Los paramédicos subieron a lal paciente a la ambulancia y con la sirena ululando abandonaron el lugar.

Casi una semana después el “Coke” volvió a encontrar a la escurridiza dirigente comunista.

-La puedes ir a buscar aquí cerca, en el Almac que está en Américo Vespucio, frente a Isabel La Católica. Te va a esperar a la salida, frente a los estacionamientos-, le señaló Insunza a Paz Rojas, quien sólo la había visto por televisión y no la conocía personalmente.

-Voy en el auto para llevarla a mi casa. Paso frente al Almac, miro, nada. Doblo y veo a una pordiosera con una bolsa con zapatos, unas ramas… Doy la vuelta de nuevo y nada. A la tercera…, paro y abro la puerta. Ella se sube y me dice:

-¡Por la puta compañera! ¿Cómo cresta no me reconoció…?

-¡Claro…! Con esa pinta de huachuchera con la que anda….

La llevé a mi casa y se le ocurrió disfrazarse de profesora alemana. Ella creía que con esos ojos azules que tiene iba a ser fácil. Con unas amigas le cortamos el pelo y se lo teñimos rubio tratando de transformarla. La verdad es que quedó más o menos no más, pero ella estaba feliz.

A mi casa llegaban muchos amigos que se iban yendo al exilio, además de los suecos con los que estaba trabajando y funcionarios de otras embajadas. No podía tener más gente. Yo era muy amiga de la “Bisagra”, la mujer de Carmelo Soria, que vivía muy  cerca de mi casa. Le pedí que escondieran a la Mireya. Carmelo la instaló en la última pieza de la casa, le llevaban la comida para allá y no la dejaban salir de su cuarto.

La “señora Leonor” –como se hizo llamar la Mireya- me telefoneaba a cada rato al hospital para que fuera a verla. Fui y me pidió bastante desesperada:

-¡Compañera, por favor,  sáqueme de aquí!

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Mireya Baltra
Mireya Baltra

La llevé entonces a la casa de mi padre –que había muerto en marzo de 1973- donde vivía mi hermano con mi madrastra, por ahí entre Pocuro y Pedro de Valdivia. Estuvo allí como dos meses.  Después el Partido Comunista tomó como hábito ese lugar. La embajada de Holanda estaba cerquita y a todos los que llevaban allí para asilarlos, antes pasaban por la casa de mi padre.

Mi madrastra, que era muy católica pero también muy partidaria de Allende, después me decía:

- Oiga m´hijita… a la Gladys se le quedó la peluca… A Orlando Millas se le quedó el piyama…

-Olvídese, por favor, que estuvieron aquí. No lo ande repitiendo-, le insistía yo.

Jorge Insunza, en tanto, percibió que los dirigentes del Partido corrían cada vez mayores riesgos y que había que cambiarlos constantemente de refugios. Ubicó a Orlando Millas en una casa de Villanueva, a una cuadra del liceo Manuel de Salas, e instruyó nuevamente a Paz Rojas:

-Tienes que decir que eres la doctora Juana Rojas y que vas a buscar a don Pedro Castro.

Me llevó mi hermano en su auto. Me abrieron la puerta, entré y desde ese instante me empezaron a examinar, a interrogarme y a mirarme raro. Había una o dos mujeres y tres hombres que me preguntaron todo tipo de cosas. Me dijeron que allí no estaba la persona que buscaba. Cuando les anuncié que me iba, me indicaron que quizás podía ser otra persona. No me dejaban irme. Pensé que eran de la DINA, que había caído en una ratonera. Finalmente pude abandonar el lugar. Cuando llegué a mi casa le dije al “Coke” que hasta ahí nomás llegaba…

Abandoné el país el noviembre de 1974. Me buscaba la DINA. Llegué a Suecia y luego de trasladé a París. Mi amiga Quena Horvitz un día me contó que había llegado Orlando Millas y que quería verme en el local del Partido. Fui y estaba Millas, muy correcto como siempre. Se acercó y con un tono muy emotivo me dijo:

-Quiero agradecerle a nombre del Partido todo lo que usted ha hecho por nosotros. También quiero pedirle disculpas por lo que usted vivió aquel día en calle Villanueva, en Ñuñoa.

La tarea era retomar contactos y proteger a la Gladys

En 1973, a los 29 años, Juan Carlos Arriagada era el Encargado de Organización de las Juventudes Comunistas. Natural de Temuco, creció políticamente en Concepción  y en 1965 llegó a ser el Secretario Regional de las JJ.CC. en la ciudad penquista, cuando reemplazó en esas funciones a Carlos Fuchslocher. En 1970, luego del triunfo de Salvador Allende en las elecciones presidenciales, fue llamado a Santiago. Llegó en octubre y asumió como el segundo responsable de Organización en la Jota, inmediatamente detrás de José Weibel, el titular en el cargo. Gladys Marín ya era la secretaria general y la subsecretaría estaba en las manos de Omar Córdoba, quien poco después murió en un accidente automovilístico.

El fallecimiento de Córdova obligó a hacer cambios en la dirección de la Jota. Weibel asumió como subsecretario y Jorge Cáceres quedó como Encargado de Organización. En 1971, Cáceres fue nombrado Encargado de Cuadros y Arriagada pasó a ser el responsable de Organización. La sede de la Jota estuvo varios años en Avenida Matta, luego un breve tiempo en Marcoleta y, en 1972, ocupó una casona en calle República, donde hoy se yergue un barrio universitario.

Arriagada rememora aquellos tiempos:

-La Jota saltó de 20 mil militantes en los 60’ a 80 mil en los comienzos de los 70’. Dictaba la moda entre los jóvenes del pueblo, así como la música. Impuso en Chile la minifalda y los petos entre las muchachas. Tenía su propia revista, que inicialmente dirigió Carlos Berger y donde también trabajaba en esos años la periodista Patricia Politzer. No ha habido otro momento en la historia de este país donde la juventud haya podido vivir más a concho su tiempo y sus sueños.

Llegamos a elegir cinco diputados en marzo del 73’ y después de aquel logro nos fuimos varios días a Lonquimay a celebrar lo conseguido. Éramos como 15 los que trabajábamos más cerca de la Gladys. Entre ellos estaban José Weibel, Jorge Cáceres, Pedro Henríquez, Héctor Trujillo, Carlos Vizcarra, Carlos Opazo, Juan Orellana, Sergio Muñoz Riveros, Marco Suzarte,  Alejandro Yánez, Leandro Arratia, Raúl Oliva y yo.

“Checho” Weibel hacía la coordinación con la Juventud Socialista. Veníamos trabajando juntos desde hacía tiempo para afianzar el respaldo de masas al gobierno de la Unidad Popular. Con el “Tanquetazo” decidimos que había que prepararse. Weibel también tenía la responsabilidad de la Información y la Inteligencia en la Jota, donde había, además, equipos de autodefensa.

Desde mediados de 1973 yo arrendaba una pieza en la casa de una familia que no era del Partido. Allí vivía también Samuel González, un muchacho de la Jota que estudiaba en la Universidad Técnica del Estado, UTE, hijo de la Borina Cortés, ex regidora en Antofagasta, que años después llegaría a ser presidenta de los pequeños mineros de Copiapó. La casa estaba en la calle Artemio Gutiérrez, al lado de la Plaza Bogotá, muy cerca del barrio Franklin, en lo que hoy es la comuna de San Joaquín.

La Dirección de la Jota nos había ordenado tener habilitadas algunas casas para una semiclandestinidad. En agosto me reuní en la Alameda con Mario Zamorano y hablamos de cinco niveles de seguridad: A, B, C, D y E.

En el Comité Central de la Jota teníamos turnos todas las noches. Cualquier cosa me llamaban. En las primeras horas de la madrugada del 11 de septiembre me llamó Pancho Díaz, compañero de la Soledad Parada, que trabajaba en la Secretaría Juvenil en La Moneda, y me advirtió de movimientos en algunos cuarteles militares. También me llamó Alejandro Rojas, que me dijo lo mismo. Me trasladé a las tres de la mañana a la sede de República. Había arterias que debíamos cortar con nuestros núcleos de masa.

Todos los miembros del Comité Central tenían un lugar de destino y un pequeño núcleo controlaba las instrucciones, integrado por la Gladys, Weibel, Pedro Henríquez, encargado juvenil de la CUT; Jorge Cáceres y yo. Permanecimos en República hasta más o menos las dos de la tarde. Quemamos todo lo que pudimos.

En el local se estaba velando a Hugo Díaz, hijo del “Ronco” Díaz, que era el más joven en la Dirección de la Jota. Se le había disparado un arma cuando la estaba manipulando. En medio del velorio llegaron los carabineros a allanar y debimos evacuar rápidamente.

Cinco partimos hacia San Joaquín, a la primera casa que teníamos prevista. Nos pidieron que nos fuéramos al igual que en otros dos lugares. Los refugios empezaron a fallar. Llegamos a la casa de Rosita Salinas -hermana de los dos Salinas-, en Última Esperanza. Ella le dio una pastilla tranquilizante a su mamá para que no se diera cuenta. Desde ahí los cinco -la Gladys, Jorge, “Checho”, Pedro y yo- conectamos con una población de militares de bajo rango en San Joaquín, muy cerca de la Población Dávila, donde todos quedamos en distintas casas. Me pasaron a mí los carnets y unas medallas que tenía la Gladys. Me pidieron que al otro día fuera a ver si se observaban militares democráticos.

Gladys redactó la primera declaración nuestra. Un muchacho de la Jota que trabajaba en el Hospital Barros Luco la llevó hacia una pequeña imprenta. En ella se llamaba a conformar un Frente Juvenil Antifascista. Lamentablemente no hay copia de ese escrito.

Nuestra tarea principal en esas horas era tomar contacto con los compañeros y resguardar a la Gladys. Salíamos a buscar contactos y volvíamos ahí. En la población mataron a un muchacho cuyo padre era del Partido Nacional. Iban a hacer un funeral y llegaría mucha gente de derecha. Algunos llevaron a la Gladys a la casa de un cojo mientras buscaban un lugar más seguro. Otros empezamos a chequear quiénes habían caído y a montar una red clandestina.

Esa noche la Gladys me llamó por teléfono como a las 2 de la mañana.

-¡Sácame de aquí!-, me dijo muy inquieta.

Habían allanado la vivienda donde estaba allegado el cojo por el soplo de un vecino. El dueño de casa era un funcionario de la Universidad Católica y su compañera era hija de un coronel de la FACh. La Gladys estaba en el segundo piso y se metió debajo de la cama, al lado de una cuna. Los soldados metieron los fusiles, pero no se asomaron. Los dos hombres fueron llevados al Estadio Nacional.

Por ahí por el 17 o 18 de septiembre llevaron a la Gladys a una casa que estaba en la calle Los Jazmines, muy cerca de Avenida Grecia, en la comuna de Ñuñoa, que estaba a cargo del “Negro” Pinto. Más tarde la trasladaron a Huechuraba y luego a Las Rejas, en calle Amengual, por Cinco de Abril. El dueño, militante del Partido, era un pequeño empresario de Maipú.

La Gladys iba camuflada y cuando el compañero la reconoció se le cayó el alma del cuerpo y pidió que se fuera. Su compañera dijo no, ella se queda y ahí estuvo varios días.

En octubre logramos restablecer comunicación con el Partido. Acordamos rotar todo. El que estaba en el norte, para el sur y viceversa. Nadie debía permanecer en sus casas. Surgió también el sistema de mantos, buzones y enlaces.

Esa primera etapa fue de repliegue frente a una situación en que no estaba claro cómo se podía actuar. La Jota no tenía la experiencia de los viejos. En ese repliegue y búsqueda de formas para actuar, lo primero era salvar a la gente, irse de las casas, irse los del norte para el sur y viceversa. Hubo compañeros que no tomaron esas decisiones. Y nadie imaginaba la dimensión de la brutalidad de la dictadura.

Con botellas de pisco se baja la ansiedad

El viernes 7 de septiembre numerosos periodistas comunistas o cercanos al Partido fueron invitados a una comida en el gran hall de la casona del Comité Central en Teatinos. Muy serio, Luis Corvalán habló al comenzar la comida. Su discurso fue breve y alarmante. Había inquietud en las Fuerzas Armadas, los problemas se multiplicaban, cada vez era más difícil gobernar, arreciaba la ofensiva de la derecha y atraía a vastos sectores de las capas medias. Las cosas iban mal para el gobierno de Allende.

Más alarmante aún fue Orlando Millas, el otro orador de la noche. Relató una serie de graves sucesos ocurridos en la provincia de Osorno y en otras, signos de un golpe militar en marcha.

El 11 de septiembre, entre cinco y seis de la mañana, el periodista José Miguel Varas recibió una llamada dramática desde Valparaíso:

-¡Aquí ya comenzó el golpe! La Armada tomó el control de la ciudad, los infantes de marina asaltaron la radio…-, le informaron.

Varas llamó al subsecretario del Interior, Daniel Vergara, a La Moneda.

-Todo indica que en Valparaíso se ha alzado un sector de la Armada y ha iniciado una intentona golpista. La situación es delicada, pero el resto del país está en calma. Manténgase en contacto-, le dijo el circunspecto subsecretario comunista.

El periodista marcó el teléfono de Pablo Neruda en Isla Negra. El poeta lo llamaba todas las mañanas para preguntarle si ya había terminado el boletín matinal. Atendió de inmediato. Varas le contó que la Armada había iniciado un golpe militar en Valparaíso. Era lo que se sabía hasta ese momento.

Varas había quedado de ir a verlo aquel martes 11 junto al escritor Fernando Alegría. El viaje debía ser postergado.

-La situación se ve grave, muy grave. Es difícil que pueda ir hoy a Isla Negra, con Fernando. Mejor dicho, no es posible. Tal vez más tarde…-, señaló Varas

-Tal vez nunca- le respondió Neruda con voz fatigada. 

El periodista se puso de acuerdo rápidamente con su esposa, Iris. Ella iba a llevar a su madre y a sus dos hijas, de siete y cinco años, a casa de una pareja amiga donde supuestamente iban a  estar más seguras. Después iría a la editorial Quimantú, donde trabajaba como secretaria de la división editorial.

Se despidieron con besos más cálidos que de costumbre.

Varas informó al chofer sobre lo que sucedía y le pidió que lo llevara a Televisión Nacional. Allí permaneció hasta las 11 de la mañana, escuchando la radio, atendiendo llamadas telefónicas y conversando con los periodistas y otros funcionarios.

El equipo de camarógrafos y reporteros de Canal 7 se había puesto en movimiento de acuerdo con una pauta muy esquemática elaborada esa mañana; unos hacia La Moneda, otro hacia alguno de los cordones industriales o en otras direcciones. Varios quedaron a la espera.

Una llamada telefónica convenció a Varas de la conveniencia de salir del canal, ya que se creían inminente la llegada de alguna unidad militar. Le sugirieron que se “fondeara” lo más pronto posible.

Partió en uno de los taxis de los hermanos Villalobos, contratados por el canal. Tomaron la calle Bellavista. A la altura del puente del Arzobispo sintieron a la distancia el rugido de un avión en picada y la primera explosión. Se detuvieron y miraron en dirección al centro. Vieron un avión que descendía a gran velocidad en dirección norte-sur y escucharon otra explosión. Estaban bombardeando La Moneda.

Llegaron a la puerta de la editorial Quimantú, en la Avenida Santa María. Varas y su esposa Iris miraron por una ventana hacia Plaza Italia. Las aceras que rodean el monumento a Manuel Baquedano estaban repletas de carros blindados, casi pegados unos a otros, en varias hileras. En unos prados a la orilla del río, entre los arbustos, vieron grupos de soldados agazapados, con sus armas apuntadas hacia el edificio de Quimantú y a la vecina Escuela de Derecho. El matrimonio acordó sus futuros contactos y el periodista abandonó el lugar caminando rumbo a su programado escondite muy cerca de allí, en la calle Ernesto Reyes.

El dueño de casa de su refugio era “el compañero Aysena”, un pequeño industrial textil, español republicano de los que llegaron en el barco Winnipeg, vasco y comunista acérrimo, con un historial de relegaciones durante el gobierno de González Videla. Excitado y combativo, lo recibió en la puerta con un abrazo.

Al cabo de un par de horas Varas no tenía dudas de la inseguridad de su refugio. Uno tras otros fueron llegando a la misma casa una serie de personajes “pesados”. Los primeros fueron el director de El Siglo, Rodrigo Rojas y, unos minutos más tarde, Oscar Riquelme, el encargado se seguridad del Partido. Para completar la selecta concurrencia, apareció después Carlos Toro, el ya ex subdirector de Investigaciones.

Cuando ya caía la noche, aparecieron, además, el secretario y un militante de la Juventud Comunista de la 6° comuna, que llevaban en grandes bolsos un centenar de bombas Molotov.

La ansiedad de todos los presentes fue mitigada con vasos de pisco que el  dueño de casa les proporcionaba generosamente.

Pasaron las horas.  Se sobresaltaban cuando pasaba por la calle desierta algún vehículo militar y, aún más, cuando alguno de ellos se detenía en un punto cercano, lo que ocurrió en dos ocasiones; o cuando se escuchaban disparos a cierta distancia o el helicóptero sobre los techos. Las botellas de pisco se agotaban una tras otra y extrañamente, tal vez por el efecto de la adrelanina vertida, nadie mostraba síntomas de embriaguez.

A alguna hora de la madrugada, dos o tres se fueron a dormir, según la distribución de cuartos, camas, sofás y colchones en el suelo que dispuso la dueña de casa. Otros siguieron en su vela hasta el día siguiente y se marcharon en diversas direcciones cuando se levantó el toque de queda.

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