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Jueves, 13 de mayo de 2021
[Sábados de Streaming]

Series de TV - Borgen: lo personal, lo público y lo 'sanitario'

Juan Pablo Vilches

Este drama político sobre el costo personal de ejercer el poder también explora los límites de lo tolerable a la hora de adquirirlo, mantenerlo y aumentarlo. Lo que antes eran meros escrúpulos y que hoy llaman “cerco sanitario”.

Las palabras y acciones de personajes como Pamela Jiles y José Antonio Kast han puesto de moda el concepto de “cerco sanitario”, el que suele ser invocado como un conjuro capaz de impedir lo que parece un inevitable envilecimiento de la política, causado por el vacío programático de los partidos y su progresiva incapacidad de representar nada y de convocar a nadie. Eso no quiere decir que dicho cerco no sea necesario y hasta noble, especialmente cuando no descansa en la coerción sino en la convicción y cuando su aplicación implica una pérdida personal sobrecompensada por un beneficio público. Entre sus muchas capas, Borgen trata de un “cerco sanitario”, uno cuya protagonista mantiene incólume a través de las idas y vueltas de las transacciones políticas, y que a la larga la define como persona y como política.

La serie comienza como una fábula, donde la carismática e idealista líder de un pequeño partido danés de centro, Birgitte Nyborg (Sidse Babett Knudsen), llega al poder gracias a un golpe de fortuna, a una pequeña ayuda de sus amigos y, sobre todo, a un repentino pero calculado despliegue de honestidad en el último debate antes de las elecciones. De ahí en adelante debe resolver los dilemas propios del parlamentarismo pluripartidista: armar alianzas para formar un gabinete de gobierno, forjar otras para aprobar presupuestos, y así, sobreponiéndose a su inexperiencia con el poder “en serio” mediante el despliegue de sus virtudes personales, no muy distintas de las que salvan a los personajes de sus predicamentos en los cuentos de hadas. Visto en retrospectiva, el inicio de la serie trata de una heroína de fábula haciendo cosplay con las escamas de Maquiavelo en un idílico palacio de primerísimo mundo.

A medida que avanza el periplo de Nyborg como gobernante, la estructura de cada capítulo se empieza a parecer a la de Dr. House o Bones, donde cada desafío es comparable al de un caso médico o policiaco. Esto no solo ayuda a que la serie sea más fácil de seguir, sino que también ofrece un paneo a los principales conflictos políticos daneses, muchos de los cuales se ven en la pantalla como si fueran un espejo. Por ejemplo, gracias a Borgen sabemos que Dinamarca tiene su propio Wallmapu en Groenlandia; que a muchos daneses los carcome la subordinación (por decirlo elegantemente) de su país a la política exterior estadounidense; que la influencia del dinero en la política es bastante alta, gracias (era que no) a los partidos de derecha; y que allá no hay (o no había, pues esto se filmó hace una década) un consenso respecto de cómo abordar la inmigración atraída por la riqueza. Y también nos enteramos de que ronda insistentemente el fantasma de cierta izquierda mimetizándose con la extrema derecha.

Los créditos de las series suelen decir la verdad sobre ellas, y los créditos de Borgen presentan un trío protagonista, liderado por Nyborg, y completado por Kasper Juul (Pilou Asbaek), el asesor comunicacional de la primera ministra; y Katrine Fønsmark (Birgitte Hjort Sörensen), periodista de la principal cadena estatal de televisión. Sobre este triángulo protagonista –que nunca deviene en amoroso, a dios gracias– descansa una estructura permanente que funciona también como una declaración de principios: tan importante como las conversaciones y negociaciones que se dan en los pasillos del palacio de Christianborg (conocido como Borgen), es la publicidad que sale a la ciudadanía a través de los medios.

Desde lo más serios hasta los más sensacionalistas, estos son un factor esencial en la vida cívica y política retratada en esta serie, pero lo son escapando del cliché del periodismo heroico que combate un sistema corrupto: solo se trata de profesionales que se toman en serio su profesión de ventilar y analizar críticamente lo que un grupo de políticos, en general probos y razonablemente ambiciosos, decide y negocia en la “cocina” del palacio que congrega los tres poderes en Dinamarca. El resultado es una serie que demuestra que una democracia sana (con sus cívicas grandezas y sus cotidianas mezquindades) puede ser una fuente de entretenimiento tan buena o mejor que los thrillers conspiranoicos que abundan por ahí.

El productor y guionista Adam Price, junto con sus dos coguionistas, realizaron múltiples entrevistas a los principales actores políticos del país para darle más sustancia y credibilidad a la ficción que estaban creando, al punto que esta anticipó la realidad, para su sorpresa y la de los cautivos espectadores daneses y de Europa en general. Durante la emisión de la segunda temporada, la líder socialdemócrata Helle Thorning-Schmidt se convirtió en la primera mujer en llegar a primera ministra de Dinamarca (un año después que Nyborg en la ficción); mientras que el canciller Villy Søvndal recibió una lluvia de burlas por no defenderse muy bien con el inglés (como ocurrió en la serie dos años antes). Para colmo, el debate sobre la legalización de la prostitución se dio simultáneamente a uno y otro lado de la pantalla.

Más allá de estas anécdotas, lo que vemos acá es bastante rigor de parte de los creadores, quienes capturaron la complejidad y la tensión de la vida política de un país occidental próspero, y supieron agregar drama a través de la convoluta vida afectiva de la periodista Fønsmark y la progresiva construcción del asesor Juul, quien comienza la serie como un enigma, como el Don Draper de Mad Men, con el agravante de que nunca vemos dónde vive, pues parece vivir de y en la política. Es decir, en Borgen.

Si nos volvemos a centrar en Nyborg, su trayectoria de dilemas políticos resueltos gracias a sus virtudes empieza a perder importancia a medida que se extiende la sombra del costo personal de su carrera política. A medida que la serie avanza por la primera y segunda temporadas, las victorias empiezan parecer pequeñas al lado de una derrota mayor e inevitable, una que en buena medida se debe a la imposibilidad de separar lo personal de lo público, aunque algunos siglos de liberalismo nos digan que eso se puede y se debe hacer. En sus momentos más densos, Borgen es la constatación –generalmente dolorosa– de que las decisiones políticas y profesionales tienen un impacto en las relaciones con familiares y amigos, así como la vida personal tampoco puede ser inocua para la labor pública, ya sea en la política o en el periodismo. “Lo personal es público”, proclamaron las feministas para combatir el abuso patriarcal en el ámbito privado. No solo tienen razón, la afirmación inversa también es cierta.

En todo cuento de hadas tiene que haber un villano, y Borgen tiene dos que van más allá de la mera rivalidad política hasta llegar a una oposición casi existencial. El primero es Michael Laugesen (Peter Mygind), un laborista que desde la política y desde el periodismo sucesivamente encarna todas las formas de envilecimiento en las que puede caer la izquierda. Se trata de un villano físicamente atractivo, demoniaco en su mundanidad, pero sin más sustancia que su bajeza, lo que contrasta con el otro villano: el anciano líder de la extrema derecha, Svend Age Saltum (Ole Thestrup), de una apariencia desagradable al borde la repelencia. Como villano de cuento, de hecho. Probablemente este sea el personaje más interesante de la serie, porque detrás de su desparpajo y cinismo, se asoma un hombre decente y en último término bienintencionado, muy por encima de las ideas que defiende (lo que tampoco es tan difícil, en realidad) y que comprende como nadie lo que Borgen es y lo que Borgen hace a quienes lo habitan. Sus esporádicas apariciones, aparte de ser funcionales a las tramas de los capítulos, perfilan un retrato claro y complejo a la vez, el que sin embargo es invisible para la protagonista, cuyo “cerco sanitario” hacia él, su despreciable sucesora y su partido es por igual absoluto e intransable. Ya lo esbozamos hace poco: lo político es personal. Incluso cuando no necesariamente debe serlo.

En algún momento de 2022 se estrenará la cuarta temporada de Borgen, producida conjuntamente por el canal estatal danés DR y Netflix, razón por la cual esta plataforma incluyó las tres primeras temporadas en su catálogo a fines de 2020. Su éxito resonante –en su estreno y en su reaparición reciente en streaming– se traduce en expectativas altas y sobre todo en curiosidad respecto de lo que la serie tenga que decir sobre el momento en el que estamos. Y ya sabemos por qué: este espejo refleja bien.

Acerca de:

Título: Borgen

Exhibición: Tres temporadas de diez episodios cada una (2010, 2011 y 2013)

Creada por: Adam Price

Producida por: DR (canal estatal danés)

Se puede ver en: Netflix

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Juan Pablo Vilches logra un análisis profundo, radiográfico de Borgen tocando todos los aspectos que conforman la trama. Sólo recomendarla.

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