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Lunes, 26 de octubre de 2020
Grandes epidemias del mundo

Cuando el cólera llegó a Chile desde el norte

Manuel Salazar Salvo

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Manual de higiene publicado en 1886 - Crédito: Memoria Chilena
Manual de higiene publicado en 1886 - Crédito: Memoria Chilena

En enero de 1991 se  conocieron los primeros casos en las ciudades peruanas de Chancay y Chimbote. En los meses siguientes, la epidemia afectó a Ecuador y Colombia, extendiéndose luego al oriente a Brasil, por el sur a Chile y por el norte a México. Hacia fines de 1991 estaban afectados 15 países de las Américas, notificándose más de 730 mil  casos de la enfermedad y más de 6.300 fallecimientos. En esta pandemia de cólera la situación de Chile fue diferente. Entre abril de 1991 y marzo de 1993, se notificaron 146 casos de la enfermedad, de los cuales sólo tres fallecieron. En 1998, hubo un brote con 28 casos y con dos fallecidos en un sector cercano a San Pedro de Atacama.

El ataque de cólera generalmente se presenta por las noches. Surge como una diarrea que vuelve cada diez o quince minutos. En 24 horas la persona afectada puede llegar a evacuar seis o siete litros. Las deposiciones no tienen olor y se parecen a la leche descremada o a la bilis, con copos de color blanco semejante a granos de arroz.

Al incansable flujo intestinal, siguen los vómitos. Primero se expulsa un líquido bilioso y luego uno salado. A veces, los vómitos exhiben unos grumos de color grisáceo. Muy a menudo surgen dolores, hipo, calambres de estómago, náuseas o eructos. El vientre se retrae, la lengua se seca y se aprecia blanca. La sed se torna ardiente e insaciable. La orina también es anormal.

En los casos más graves, los calambres musculares empiezan en las pantorrillas y vuelven constantemente. Torturando al paciente. En el cólera denominado espasmódico, los calambres se extienden a las extremidades, al tronco e incluso a la zona del diafragma, sobre el estómago. La voz se hace cada vez más débil. El rostro se observa demacrado y los ojos ojerosos. La piel se enfría aunque la temperatura del cuerpo suba.

Más tarde el pulso se hace débil, casi imperceptible. Se debilitan los sonidos cardíacos y la sangre comienza a oscurecerse. Un corte en la piel no produce ni una gota de sangre.

La respiración es débil y angustiosa. Poco a poco la piel se va arrugando y cubriéndose de un sudor frío y levemente viscoso.

De no haber un tratamiento inmediato, sobreviene la muerte.

Estos son algunos de los síntomas, con muchas variaciones, según el tipo de paciente, que han diezmado a millones de personas durante siglos en todos los continentes del mundo: es el temido cólera, que hace algunos días surgió nuevamente en Perú y que ya ha afectado a miles de hombres, mujeres y niños.

El origen de este mal se remonta a cientos, quizás miles de años, en las llanuras indostánicas, en el corazón de la India. Las primeras descripciones de la enfermedad fueron realizadas por viajeros europeos alrededor del año 1500.

Los investigadores creen que el cólera surgió de la fermentación de las aguas pútridas del río Ganges y de la costumbre religiosa de abandonar los cadáveres en los ríos. En esas comarcas ha existido siempre un constante y dramático déficit de agua. Los nativos se vieron obligados a construir pocos comunitarios para guardar agua destinada a sus usos domésticos, pero donde también eran depositados los excrementos y la orina.

Con los tiempos, los habitantes de aquellas zonas desarrollaron cierta inmunidad a la enfermedad, pero las migraciones y las peregrinaciones religiosas llevaron los mortales microorganismos al resto del mundo. Ocultos en las entrañas de los viajeros.

Durante siglos la propagación del cólera fuer sólo terrestre. Ejércitos conquistadores, caravanas de mercaderes, aventureros y expedicionarios condujeron la enfermedad a otros parajes, sembrando a su paso la muerte como un verdadero azote de Dios.

El desarrollo de las comunicaciones marítimas hizo posible que el mal viajara más rápidamente hacia los principales puertos del planeta, ingresando en las grandes ciudades de Europa y extendiéndose hacia todos los confines.

Desde Birmania, Indochina, Core4a, Japón, Afganistán, Persia y otras regiones vecinas a la India se irradió la enfermedad hacia Rusia y Turquía, a través del litoral del Mar Caspio. Las peregrinaciones a La Meca y Medina contaminaron Egipto y algunos puertos árabes del Mediterráneo, cruzando hacia las costas de Italia, Francis, España, Bulgaria, Rumanía, Grecia y otras naciones europeas.

En la medida en que se expandió el comercio y los afanes colonialistas de las potencias europeas, aumentó paralelamente el cólera. Corea fue diezmada por una mortífera epidemia en 21886, pocas semanas después de llegar allí los primeros extranjeros. Lo mismo ocurrió en la Siberia oriental y en las islas del Japón.

Desde mediados del siglo XIX todos los grandes núcleos humanos vecinos a puertos de incesante tráfico quedaron expuestos al flagelo. Los buques tocaban en Mesina y resultaba afectada Sicilia, anclaban en el Pireo y Grecia era infectada. En todos los casos, el hombre era el portador del letal microorganismo. Nunca el cólera pudo viajar más rápido que el ser humano.

En 1884, Roberto Koch, Premio Nobel en 1905, descubrió el agente que provocaba la enfermedad: el vibrión colérico. El microorganismo se parece a un bastoncito grueso y ligeramente encorvado en una de sus extremidades, algo así como una coma. Aparece en las deposiciones, pero también puede encontrarse infiltrado en las mucosas intestinales y también en el agua. De allí emana la recomendación de no consumir pescados ni mariscos crudos, pues en ellos puede albergarse el letal vibrión colérico.

El microorganismo puede permanecer inactivo en algún portador, pero al entrar en contacto con otros microbios que favorecen la infección recupera su movilidad y ataca.

Su arremetida está determinada por algunas causas que perturben la actividad intestinal. Es por eso que las autoridades sanitarias recomiendan hervir el agua que no sea potable, lavarse prolijamente las manos y uñas antes de comer, evitar los productos vegetales que crecen en el suelo. También deben eludirse el hambre, los enfriamientos y la embriaguez. En duma, tratar por todos los medios de mantener una digestión cuidada y normal.

Terror en Chile

Considerada una enfermedad “de la pobreza”, la mayor epidemia de cólera registrada en Chile fue entre los años 1886-88, cuando los servicios públicos del país distaban mucho de poder hacer frente a la marginalidad y el hacinamiento de grandes poblaciones que se concentraban a vivir en las zonas urbanas.

Típico mal de las migraciones, llegó al país a través de la frontera con Argentina, en la navidad de 1886.

Primero se estableció en Los Andes y San Felipe, arrasó la zona central –especialmente Santiago- y luego se propagó al sur llegando incluso a la Región de la Araucanía.

Recién un año después la enfermedad empezó a ceder y tardaría dos más en desaparecer del país. Pero, además de un pánico colectivo sin igual, pues 52 mil chilenos se contagiaron, dejó un fatídico saldo de entre diez mil y 30 mil muertos.

Los informes de la época eran aterradores. “… en 48 horas hubo 20 defunciones y no hemos titubeado un momento en hacer pública esta noticia convencidos de que nada se ganaría ocultándola”.

Los recuerdos del período son desoladores. Hombres de rostros pálidos y pues color violáceo, yacían abandonados a su suerte en medio de las calles. Finalmente, se establecieron recintos especiales para el cuidado de estos enfermos.

Rumores

Además del dramatismo real, la ignorancia popular contribuyó a agudizar los efectos de la enfermedad. El historiador Gonzalo Vial recuerda que el consejo higiénico de hervir el agua antes de beberla, fue transformado por “el vulgo” en una denuncia horripilante. “Dichas aguas –aseguraban- habían sido envenenadas por los extranjeros”. Se corrió adicionalmente el rumor de que los papelillos contra el cólera expendidos en una farmacia de Talagante (los cuales de seguro no producían efectos malos… ni buenos) producían la muerte instantánea. Ni corto ni perezoso, el pueblo tomó la botica por asalto, arrasándola. Un testigo la vio ya destruida, según su recuerdo: “tenía, por lo menos, un metro de piedras de río en su interior… muestra del bombardeo popular”.

La epidemia motivó, además, lo más diversos e increíbles rumores que ayudaron a dar al cólera esa aureola de terror que hasta hoy lo acompaña.

Aunque el mismo Vial asegura que la enfermedad volvió al país en 1893, prácticamente no se registran antecedentes de ese brote. Sin dudas, no dejó las huellas de la epidemia anterior, que tampoco había sido la primera en territorio nacional.

Organismos internacionales indican que Chile se vio afectado por la segunda pandemia que recorrió el mundo. Comenzó en 1829 y a Chile llegó en 1832.

Según una cronología mundial de este flagelo, hubo 60 mil muertos en la India entre 1768 y 1771; más de 100 mil muertos en 1832 en Inglaterra, Francia, Irlanda, Holanda y Bélgica; 53 mil muertos en 1848 en Inglaterra; 110 mil muertos en 1849 en Italia, Francia, Nueva York, Cuba y Jamaica; más de 150 mil muertos en diversos continentes en 1856; 60 mil muertos en el Medio Oriente en 1865; 100 mil víctimas en Rusia e Italia en 1910.

Desde 1990 en adelante, cada 20 o 30 años, el cólera ha irrumpido tanto en Oriente como en Occidente, causando siempre la muerte de miles de personas. No obstante, han sido casos más bien aislados, que no han llegado a convertirse en epidemias.

Estrategias para el enfrentamiento del cólera. La experiencia chilena desde una perspectiva de salud pública (*)

En 1991, desde el momento que fueron notificados los primeros casos de cólera en Perú, comenzó la alerta epidemiológica en Chile. Las primeras medidas de orden general adoptadas en nuestro país fueron la constitución de una Comisión Nacional del Cólera y la realización de un diagnóstico de situación acabado, desde una perspectiva clínica y ambiental, de los recursos disponibles y del grado de capacitación de los equipos de salud. De igual forma, se inició el diseño de un sistema de vigilancia epidemiológica y control del cólera enfocado al hombre y al ambiente. La Comisión Nacional del Cólera se subdividió en varias subcomisiones que analizaron las diferentes aristas de la epidemia, para así dar una rápida respuesta a la población. Uno de los aspectos que logró resolverse con mayor prontitud tuvo relación al diagnóstico de Vibrio cholerae gracias a la existencia de un cepario en el Instituto de Salud Pública (ISP), de modo que las técnicas de laboratorio de identificación y aislamiento del agente causal fueron validadas y transferidas a través del Sistema Nacional de Laboratorios Clínicos y del Ambiente.

Por su parte, la vigilancia epidemiológica contó con tres líneas de acción. La primera fue la construcción de una curva de consultas por diarrea tanto para la población infantil como adulta. Este método sirvió como una señal de alerta en caso que las consultas se incrementaran en 50% de una semana a otra o en caso de existir una diferencia en el número de episodios de diarrea en niños respecto a los adultos. La segunda fue una búsqueda activa de V. cholerae en muestras de coprocultivos a los pacientes con cuadros diarreicos. Por último, la tercera línea de acción correspondió a la notificación de los casos sospechosos en una ficha especialmente diseñada para tales efectos, definiéndose como tal a los pacientes con un cuadro diarreico y deshidratación de cualquier grado (leve, moderada o grave). Todo examen de coprocultivo positivo en el nivel local era enviado para su confirmación al ISP. Si a nivel local este examen era negativo, pero el cuadro clínico era compatible con cólera y/o existían antecedentes de nexo epidemiológico o de procedencia desde lugares de riesgo, se tomaba un examen para detectar anticuerpos vibriocidas, el cual era realizado por el ISP.

Con respecto a la vigilancia y control ambiental del cólera, la campaña se orientó principalmente hacia dos objetivos: el primero era retrasar la diseminación del agente causal en el territorio nacional, y el segundo era interrumpir las vías de transmisión. Para ello, se realizó una vigilancia sanitaria de los sistemas de abastecimiento de agua potable, de las plantas de tratamiento de aguas servidas, así como vigilancia y control de la calidad sanitaria de los alimentos y eliminación de focos de insalubridad.

Por otro lado, hubo una sustitución de todos los cultivos de hortalizas y frutas que crecen a ras de suelo por otro tipo de plantaciones en aquellas tierras regadas por aguas servidas o contaminadas y/o que no cumplían con la norma de calidad para aguas de riego, tarea realizada en colaboración con el Ministerio de Agricultura.

Un importante trabajo fue la vigilancia epidemiológica en terreno; ello incluía actividades tales como entrevistas epidemiológicas, encuestas, visitas epidemiológicas y la difusión de la información.

Los factores que condicionaron el comportamiento del cólera en los períodos siguientes a su introducción en el país fueron el saneamiento básico adecuado, los hábitos y alimentación higiénica y el desarrollo social y cultural. Se implementaron diferentes estrategias de eliminación del cólera, por ejemplo, la filtración y desinfección de suministros públicos de agua, tratamiento de aguas residuales y promoción de una mejor higiene personal. Experiencias internacionales indican que ningún país había podido eliminar la enfermedad sin adoptar estas medidas.

(*) Extracto de artículo tomado de la Revista chilena de Infectología, v.27 n.5 Santiago oct. 2010. Autores: M. Teresa Valenzuela B., Hugo Salinas P., Marcela Cárcamo I., Jaime Cerda L. y Gonzalo Valdivia C. Universidad de Los Andes, Facultad de Medicina (MTVB, MCI). Hospital Clínico de la Universidad de Chile, Santiago (HSP). Santiago, Chile.Pontificia Universidad Católica de Chile. Facultad de Medicina, Departamento de Salud Pública (JCL, GVC).

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Por favor, cuiden los formatos de fechas antes publicar artículos. Es evidente que todo lo que ponen como ocurrido en el s. XX (1991, por ej.) ocurrió en el s. XIX. Y la ortografía también deja que desear: "Los nativos se vieron obligados a construir pocos comunitarios para guardar agua destinada a sus usos domésticos,"---> "pocos" debería ser "pozos" Leo sus artículos atentamente, y soy suscriptor de este medio. Sé que el periodismo de investigación es un gran tema pendiente en Chile y, por lo mismo, les pido que no bajen el gran nivel que han tenido hasta ahora. Abrazos, David

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