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Domingo, 29 de noviembre de 2020
Especial elecciones de 1970

La conspiración de Agustín Edwards para impedir que Salvador Allende fuera presidente

Víctor Herrero (*)

edwards

Agustín Edwards Eastman, abrazado por un alto oficial de la Armada.
Agustín Edwards Eastman, abrazado por un alto oficial de la Armada.

Lo que sigue es una cronología que reconstruye, día a día, cómo transcurrió ese mes de septiembre para Agustín Edwards, El Mercurio y los otros protagonistas de la trama que buscó derrumbar a Salvador  Allende aun antes de que asumiera formalmente el poder.

(*) Extracto del libro “Agustín Edwards Eastman. Una biografía desclasificada del dueño de El Mercurio”; Debate, Penguin Random House Grupo Editorial S.A.; noviembre de 2014.

Martes 1 de septiembre

Agustín Edwards no se hacía ilusiones. Aunque casi todas las encuestas mostraban a Jorge Alessandri como ganador de las elecciones, Doonie –así le decían a Edwards amigos y enemigos-  decidió poner en marcha un plan B. Edwards se había convencido que abandonaría el país en caso de un triunfo de Allende. Por eso decidió entregar un amplio poder para que Hernán Cubillos, su hombre de mayor confianza, se hiciera cargo de la administración de casi todas sus empresas. El trámite se realizó el martes 1 de septiembre, tres días antes de los comicios, en la notaría de Sergio Rodríguez Garcés. La escritura pública estipulaba un poder amplio para Cubillos «en forma de que el mandatario pueda actuar de la misma manera y con igual amplitud con que podría hacerlo el poderdante».

Miércoles 2 de septiembre

Edwards volvió a acudir a la misma notaría. No quería dejar cabos sueltos. Esta vez confirió un poder al abogado Miguel Schweitzer Walters. Este joven era sobrino de Daniel Schweitzer, un abogado que había defendido a los deportados del general Ibáñez a fines de los años veinte y que, durante algunos años, fue el secretario personal en París del abuelo de Doonie, Agustín Edwards Mac Clure.

Edwards le otorgó el poder notarial para que Schweitzer «lo represente en todas las gestiones a que haya lugar con motivo de la querella que presentó [Agustín Edwards Eastman] en contra del director del diario Puro Chile [José Gómez López]». El diario Puro Chile era un tabloide de izquierda, que muchas veces utilizaba un lenguaje vulgar y que había convertido a Doonie en uno de sus blancos predilectos.

Jueves 3 de septiembre

Acompañado de su esposa, María Luisa del Río, Agustín Edwards volvió a acudir por tercer día consecutivo a la misma notaría. Esta vez el motivo fue para dejar constancia que el matrimonio Edwards-Del Río estaba vendiendo las 363 hectáreas que les pertenecían de la antigua hacienda Milahue, en la comuna de San Vicente de Tagua Tagua. Los compradores fueron dos. Uno era Fernando Harmsen Bradley, un agricultor con residencia en Viña del Mar, con el cual Edwards había realizado y realizaría en el futuro una serie de negocios agrícolas. Y el otro era su brazo derecho, Hernán Cubillos. Los compradores pagaron dos millones de escudos, un valor mayor al avalúo fiscal según la escritura, para quedarse con el predio que, originalmente, había pertenecido a la familia Fernández, los parientes  por el lado materno de Malú del Río.

Extremando las precauciones ante las elecciones del día siguiente, ese jueves en la tarde Doonie embarcó a su esposa y a sus seis hijos rumbo a Buenos Aires para que esperaran ahí los resultados de los comicios presidenciales.

Después de despedirse de su familia y ansioso por lo que podía pasar al día siguiente, Edwards decidió hacerle una visita intempestiva y no anunciada al embajador Korry. Fue una conversación breve de diez minutos. «Me dijo que había invertido todas sus ganancias de varios años en nuevas industrias y modernización y que se arruinaría si Allende ganaba», afirmó Korry una década después al periodista investigativo estadounidense Seymour Hersh. Pero el diplomático le aseguró a Edwards que los últimos sondeos a los que tenía acceso todavía daban como ganador a Alessandri. «Edwards pareció complacido y se fue», recordó Korry.

roberto kelly y hernan cubillos

Roberto Kelly y Hernán Cubillos.
Roberto Kelly y Hernán Cubillos.

Viernes 4 de septiembre

Con su familia a salvo en Argentina, Edwards pasó gran parte de la jornada electoral en sus oficinas en El Mercurio. Mientras los reporteros del diario estaban en las calles recogiendo las impresiones del día, a media tarde los altos directivos se reunieron en la sala de conferencias para ir recibiendo los cómputos. Nadie en la redacción de El Mercurio, excepto el propio Edwards, dudaba realmente del triunfo de Jorge Alessandri. Mozos especialmente contratados llegaban con canapés y champaña en anticipación de la victoria electoral de la derecha. A medida que entraban los resultados, que si bien estrechos indicaban que Allende se estaba imponiendo, el ambiente en el periódico de Edwards se fue agriando.

Antes de la medianoche llegó la confirmación: Allende había ganado. El resultado final fue 36,3 por ciento para Allende, 34,9 por ciento para Jorge Alessandri y 27,9 por ciento para Radomiro Tomic.

El ánimo en toda la derecha, y también en los círculos más conservadores de la Democracia Cristiana en torno al presidente Frei, se derrumbó. En las horas y días siguientes se palpaba un aire a fuga en el país. Arturo Fontaine, el subdirector de El Mercurio, recordó esas primeras jornadas después del triunfo de Allende:

“Los días que siguen respiran tensión. Se palpan la alarma de los vencidos y la inquietud de los vencedores […] En los primeros momentos [Patria y Libertad] es la única voz del sector derrotado que ha perdido no solo la elección, sino el habla y hasta la capacidad de reflexionar. Tan paralizante es el miedo que provoca la inminencia del acceso al poder de los comunistas en Chile”.

Sin embargo, no todo estaba perdido para la derecha. Como Allende no obtuvo la mayoría absoluta, su triunfo aún tenía que ser ratificado por el Congreso el 24 de octubre. Por tradición, el Poder Legislativo respaldaba al candidato que había obtenido la primera mayoría. Pero constitucionalmente, nada le impedía a dicho poder escoger al segundo. Fue precisamente esta posibilidad, entre varias alternativas, que Agustín Edwards, el propio Frei y Washington trataron de aprovechar en las siguientes semanas.

Sábado 5 de septiembre

El director de la CIA, Richard Helms, y un grupo de sus asesores más cercanos se reunieron a las seis y media de la mañana en el centro de operaciones de la agencia en Langley para revisar toda la información proveniente de Chile. Las noticias eran pésimas.

Inmediatamente redactaron un cable confidencial para su hombre en Santiago, Henry Hecksher, el que arribó a Chile pocos minutos después gracias a la tecnología de emisión de cables telegráficos.

Hecksher leyó el informe de Langley y acto seguido se dirigió a la oficina de Korry para mostrarle al embajador la comunicación urgente que había recibido. En esta, sus superiores pidieron información política concreta: «¿Qué influencia tiene Frei ahora con los militares si decidiera que un golpe es la única manera de prevenir la asunción de Allende? ¿Cuántos congresistas del PDC votarían por Alessandri bajo máxima presión del presidente Frei?».

Unas horas después, Korry envió personalmente un mensaje al cuartel general de la CIA. «Chilenos clave, incluyendo Frei, que en estos momentos está reunido con sus asesores más cercanos, están en un estado de shock», reportó el diplomático. «No es algo fácil perder tu propio país.» El embajador aseguró a la CIA que ya había dado algunos pasos, como «condicionar a Frei para persuadir a Alessandri de no emitir un comunicado de reconocimiento [a Allende] y evitar que Viaux [el general que había protagonizado el “Tacnazo” once meses antes] precipite acciones mal calculadas». También pidió más tiempo para evaluar con más calma una situación en la cual los eventos diarios sobrepasaban cualquier planificación.

Lo llamativo de este intercambio de mensajes secretos a pocas horas de la elección es que dejan entrever que las estrategias para evitar la confirmación de Allende, conocidas como Track I (lograr que el Congreso no vote por Allende) y Track II (algún tipo de intervención militar para evitar su asunción), ya figuraban en los planes de acción de Estados Unidos. Hasta ahora se creía que estas estrategias se incubaron en reuniones posteriores a mediados de mes en Washington, en las cuales Agustín Edwards desempeñó un papel importante.

Al mediodía del 5 de septiembre, Agustín Edwards convocó al almuerzo en el que le comunicó a todos los altos directivos de sus empresas que había tomado la decisión de irse del país.

Cuarenta y tres años después, Edwards compareció ante el juez Mario Carroza en calidad de testigo en una investigación que buscaba esclarecer la responsabilidad de los civiles en la gestación del golpe de Estado de 1973. En su declaración, Edwards aseguró que se había ido de Chile al día siguiente de la elección. Pero lo cierto es que se quedó casi una semana más y, hasta pocas horas antes de partir, albergó la esperanza de que algún hecho extraordinario lograra cambiar radicalmente el escenario político local.

Lunes 7 de septiembre

A las seis y media de la tarde, el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca recibió un extenso reporte de Korry sobre la situación postelectoral chilena. El embajador informó que el general Camilo Valenzuela, jefe de la guarnición de Santiago, se había reunido el sábado anterior con los comandantes en jefe del Ejército, René Schneider; de Carabineros, Vicente Huerta, y de la Fuerza Aérea, Carlos Guerraty, y también con el general de división Carlos Prats.

En la reunión, Valenzuela les expuso a sus colegas acerca de un plan, según el cual la Democracia Cristiana y el Partido Nacional llegarían a un acuerdo para votar por Alessandri en el Congreso. Este iba a aceptar la nominación, formar un gabinete militar y renunciar el 4 de noviembre. Esto permitiría llamar a nuevas elecciones en un plazo de sesenta días. Esta salida posibilitaba que Eduardo Frei postulara nuevamente a La Moneda, con una casi segura victoria sobre Allende. El plan también incluía desplegar militares y tanques en las calles de Santiago a partir de mediados de octubre, en anticipación a la reunión del Congreso en pleno el 24 de ese mes. «Valenzuela pidió y recibió el apoyo de ellos para el plan», informó Korry.

Según el reporte secreto de Korry, el general Valenzuela también le hizo saber a la embajada que en la noche del domingo 6 se había entrevistado con el general en retiro Roberto Viaux, y que todos los uniformados consultados estaban conformes con el curso de la acción.

Claro que ese plan dependía de que tanto Frei como Alessandri llegaran a un pacto. En el informe despachado a Washington, el embajador notificó que el mandatario chileno había designado al ex ministro del Interior Bernardo Leighton para ser su representante en las negociaciones con las fuerzas de Alessandri, con el fin de «estudiar procesos constitucionales que permitan revocar el triunfo de Allende». Pero debido a la desconfianza que Leighton generaba entre los hombres del Partido Nacional, entre otras cosas porque había presidido la comisión investigadora sobre la campaña del terror, Frei optó por el senador radical y ex candidato presidencial Julio Durán, un disidente del Partido Radical que había apoyado a Alessandri en las elecciones.

En su informe, Korry describió el sombrío estado de ánimo y la poca resolución política que se había apoderado de Frei Montalva: No nos hacemos ilusiones acerca de los «cojones» [sic] de Frei; en momentos como este, al hombre le gusta interpretar a Hamlet [… Frei] está preocupado de su lugar en la historia y desea que los militares hagan un golpe. Aunque enfatiza que los militares «tienen que hacer algo» y que ese «algo» tiene que ocurrir más temprano que tarde, él siente que no puede abordar a los militares [… Frei] estará todo preocupado y sentirá pena por sí mismo pero no tiene el valor de actuar y salvar a su país, su nombre en la historia o incluso a sí mismo […] La inclinación chilena hacia la transacción y de traspasar la responsabilidad a otros —como lo prueba que Frei espera que los militares se acerquen a él y los militares esperan de mí que vaya con Frei— es tan grande que los comunistas podrían considerar desde ya a Allende como el ganador inalterable.

Pocas horas después de recibir el reporte del embajador, Viron P. Vaky, el principal asesor de Henry Kissinger en el Consejo de Seguridad Nacional, le envió un memorándum a su jefe resumiendo toda la información que esa repartición había recibido respecto a Chile, incluyendo varios despachos de la CIA. Este documento sirvió como base para una reunión especial que el Comité 40 —un grupo especial de la Casa Blanca a cargo de evaluar las operaciones de inteligencia y clandestinas más importantes de Estados Unidos— tenía programada para el día siguiente.

Vaky opinaba que las posibilidades de lograr que el Congreso no ratificara a Allende eran mínimas. «Es igualmente dudoso que los militares chilenos puedan montar una acción viable en contra de Allende», escribió. En el transcurso de las siguientes semanas, las opiniones de Vaky fueron desechadas. Pero hubo una recomendación del asesor que sí fue recogida. «Necesitamos saber mucho más acerca de cómo ven la situación Frei, Edwards, Alessandri y otros elementos clave anti Allende y qué piensan hacer», afirmó en el memo que envió a Kissinger. «No es posible llegar a un juicio certero sobre qué es probable que suceda y qué deberíamos hacer nosotros sin tener más información acerca del parecer y de las intenciones de gente como Frei, Alessandri y Augustin[sic] Edwards.»

Este documento, que fue desclasificado en mayo de 2014, muestra que Washington consideraba a Agustín Edwards un actor tan clave en Chile como el propio presidente en ejercicio y el candidato presidencial de la derecha. Además, la familiaridad con que el funcionario mencionó a Edwards como una fuente de información sugiere que el empresario chileno era un nombre bastante conocido y recurrido en esos círculos gubernamentales de Washington.

Hasta antes de que se hicieran públicos estos nuevos documentos, muchos libros y artículos de investigación afirmaban que Edwards había logrado a través de sus influencias obtener reuniones clave en Washington para presionar a Estados Unidos a hacer algo respecto a Allende. Pero estos y otros papeles arrojan nuevos matices. Muestran que Edwards estaba tan interesado en hacer saber su opinión en Washington, como Washington estaba interesado en obtener la suya.

frei montalva

El presidente Eduardo Frei Montalva.
El presidente Eduardo Frei Montalva.

Martes 8 de septiembre

Agustín Edwards volvió a concurrir a la notaría de Sergio Rodríguez Garcés para cerrar los últimos trámites antes de su partida de Chile. Esta vez delegó en Hernán Cubillos el poder general que su madre, Chavela Eastman, le había entregado a él el 31 de agosto. Chavela había decidido marcharse antes de las elecciones, convencida de que de un modo u otro el país estaba en peligro de caer en el comunismo. Se fue a Inglaterra.

Con este último trámite, Doonie dejó definitivamente en manos de su asesor todos los asuntos de negocios de la familia Edwards en Chile. Nunca antes ni nunca después otorgó tanto poder a alguien. Ni siquiera a sus hijos.

Pero en la tarde de este día surgió una pequeña chispa de esperanza para Edwards. Había escuchado rumores de un posible movimiento de la Armada. Así que despachó a uno de sus amigos y empleados marinos, Roberto Kelly, para pesquisar la situación.

«Agustín me llamó urgente a la casa», recordó Kelly años después. —Me gustaría que vayas a Valparaíso inmediatamente a hablar con tus amigos marinos, porque supe de una posible sublevación de la Marina —le dijo Edwards—. Necesito que averigües todo lo posible.

Mientras Kelly realizaba sus indagaciones en Valparaíso, Doonie se contactó nuevamente con su amigo de la CIA Henry Hecksher para que le pidiera al embajador Korry que se reuniera con él en privado en la residencia de uno de sus empleados. El hecho de que le tuviera que pedir a Hecksher organizar el encuentro secreto era evidencia de que Doonie no gozaba con Korry de la estrecha cercanía que había tenido con el embajador anterior, Ralph Dungan. De hecho, Korry y Edwards siempre se trataron con distancia y cierta frialdad. Parte de ello tal vez se debía al hecho de que Korry, pese a ser un furibundo anticomunista, siempre sintió cierto desdén por la derecha chilena. De hecho, solo unos días antes, en uno de los numerosos reportes que envió a Washington, el embajador aseguró:

“He confesado repetidas veces en estas comunicaciones mi igual desconfianza de una derecha que ciega y codiciosamente persiguió sus intereses, deambulando en una miopía de estupidez arrogante. […] Combatieron la primera regla de la naturaleza, el cambio, e insolentemente creyeron que el tiempo estaba detenido”.

Como sea, Korry accedió a la petición de reunirse con Agustín Edwards. Según un artículo de Seymour Hersh publicado en The Atlantic Monthly en 1982, en el breve encuentro Korry le informó a Doonie que no creía que los militares chilenos actuaran para prevenir la ratificación de Allende en el Congreso, y que tampoco creía que los programas que la CIA tenía en marcha en esos momentos, enfocados principalmente a acciones de propaganda, lograrían ese objetivo. En su reportaje, Hersh escribió:

Edwards concordaba en que la elección de Allende por parte del Congreso parecía cosa segura y sorprendió a Korry al decirle que se iría de inmediato de Chile. Le explicó que cercanos a Allende le habían dicho que sería «aplastado» por el nuevo régimen.

Unas horas después de su conversación con Korry, ya bien entrada la noche, regresó a Santiago Roberto Kelly. El ex marino fue directo a la residencia de Edwards a informarle lo que había averiguado. «Cuando llegué a su casa lo encontré con quien le había proporcionado esa información, un político y senador de gran relevancia en el ambiente público —recordó Kelly—. Pero [la sublevación] era solo un rumor.»

Miércoles 9 de septiembre

Este día, Jorge Alessandri anunció públicamente que no concedería la victoria a Allende y que, en caso de que el Congreso lo eligiera como presidente, renunciaría de inmediato al cargo. Con ello, el candidato de la derecha allanaba oficialmente la posibilidad de que se convocara a nuevas elecciones. Ello permitía que, legalmente, Eduardo Frei Montalva se presentara a los comicios, y el vaticinio de todos era que le ganaría a Allende. Esta movida fue conocida como la «solución constitucional» para evitar el triunfo del candidato de la Unidad Popular.

Jueves 10 de septiembre

Este fue el día en que Doonie salió del país, según algunos documentos desclasificados de Estados Unidos. Otras versiones, como un reportaje que publicó la revista Qué Pasa en mayo de 1974, afirmaron que fue el día anterior.

En lo que hay acuerdo es que sus cercanos y asesores de seguridad montaron un gran operativo para sacarlo de Chile. Aunque no fue escondido en el maletero de un auto, como habría sido la huida del senador socialista Carlos Altamirano después del golpe de Estado, se realizaron una serie de maniobras dignas de las novelas de espionaje que estaban en boga en esa época. «Tuvimos que organizar toda una acción evasiva para que nadie se percatara de que se iba», afirmó Kelly después.

Agustín Edwards salió en la mañana de su residencia en Vitacura con rumbo al aeropuerto, pero en un vehículo que no era el suyo. Mientras Doonie iba en el auto incógnito, otra persona se encargó de hacer el recorrido diario en su vehículo oficial hasta el edificio de El Mercurio en el centro de Santiago. «Mientras tanto, su avión particular despegó según el plan de vuelo normal, pero se dio una vuelta por Cerrillos y aterrizó donde lo estaba esperando Agustín», afirmó Kelly en una entrevista con la historiadora Patricia Arancibia Clavel en 2005.

Se trataba de una maniobra de distracción para evitar que alguien detectara sus movimientos reales. Finalmente, su avión aterrizó en el aeródromo de Tobalaba, donde Doonie abordó la nave.

Otras versiones afirman que no era un avión privado, sino un aparato de Ladeco, la compañía aérea en la que Edwards era uno de los mayores accionistas. Poco antes de despegar, Doonie le entregó una carta a Hernán Cubillos en la que le reiteraba su plena confianza.

También estuvo presente el abogado Álvaro Rencoret, del estudio de Carlos Urenda Zegers. Es probable que aún faltaran algunas firmas para protocolizar el traspaso de poderes.

Y después, Edwards despegó rumbo a Mendoza. De ahí siguió a Buenos Aires para reunirse con su esposa y seis hijos que estaban hospedados en un hotel de la capital argentina. Pero Agustín Edwards se quedó poco tiempo en esa ciudad. Dos días después ya estaba volando hacia Estados Unidos.

Aunque su salida y las circunstancias de su partida de Chile tuvieron connotaciones dramáticas para él, es probable que Doonie sintiera que estaba siguiendo una senda similar a la de sus antepasados.

Amante de la historia desde joven, es posible que tuviera cierta conciencia histórica acerca del momento que estaba viviendo. «Mi familia ha estado exiliada casi en cada generación, por un motivo u otro», afirmó Edwards en una entrevista con Raquel Correa, que fue una de las poquísimas que dio en su vida.

Tanto su bisabuelo Agustín Edwards Ross como su abuelo Agustín Edwards Mac Clure tuvieron que irse de Chile porque eran considerados grandes obstáculos para la implementación de políticas social y políticamente más progresistas. Ahora, nuevamente, un Agustín Edwards era considerado un enemigo de las fuerzas de izquierda en el país. La diferencia con sus ancestros era que el exilio de estos se enmarcó en una suerte de «pacto de caballeros».

Aunque las tropas de José Manuel Balmaceda se comieron el ganado de su bisabuelo, fue el propio presidente quien le otorgó un salvoconducto para salir al extranjero. Y la deportación de su abuelo durante el primer Gobierno del general Carlos Ibáñez también fue en términos de caballeros. Edwards Mac Clure regresó varias veces al país para atender asuntos de negocios y el régimen de Ibáñez no le tocó ni una sola propiedad.

Pero ahora, con la Unidad Popular, las cosas eran distintas. La época de los pactos de caballeros ya no corría, y el programa del nuevo Gobierno representaba la mayor amenaza a los intereses económicos que la familia Edwards jamás había experimentado. A ello se sumaba que el quinto Agustín Edwards sintió que no solo estaba bajo una intimidación económica e ideológica, sino incluso física.

—Usted se autoexilió en el Gobierno de la Unidad Popular—dijo Raquel Correa en la entrevista que le hizo a Agustín Edwards en junio de 2000, con motivo del centenario de El Mercurio de Santiago.

—Bueno, si se puede llamar autoexilio —respondió Edwards—. Si a uno le empiezan a disparar por todos lados. Había un paradero de micro frente a mi casa y me pasaban vigilando. Una vez salí en avión y tuve que despegar a favor del viento y me siguió una camioneta disparándome. Quedaron agujeros en el avión. Y me aconsejaron que me fuera, por favor, porque era más fácil defender la libertad de prensa que defenderme a mí. Entonces yo representaba todo lo malo del mundo. Era más fácil defender al diario sin mí. Porque Allende no me quería mucho.

En septiembre de 2013, cuando testificó ante el juez Carroza, Edwards aseguró que fueron motivos de seguridad los que determinaron su salida de Chile.

“La razón por la que me fui del país es porque durante el período de elecciones es que recibí yo y mi familia amenazas, lo que tornó difícil la vida en el país; de hecho, para el día de las elecciones mi familia, justamente por razones de seguridad, se encontraba en Argentina, ya que se habían montado puestos de vigilancia cercanos a mi casa”.

Continúa mañana.

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