Revisión del VAR

En Chile nos hemos acostumbrado a que los clubes expliquen por qué no pueden ser campeones y cada vez cuesta más encontrar a alguno que luzca como si realmente quisiera serlo. El año pasado, mientras avanzaba el campeonato, Coquimbo Unido comenzó a perfilarse como algo más que una buena sorpresa. Había en ese equipo una sensación distinta, la de un club que había entendido que la posibilidad de ganar un campeonato no era una fantasía reservada para los mismos de siempre. Se lo tomó en serio. No solamente por lo que hacía en la cancha, sino por la manera en que enfrentaba la oportunidad.

Un Superclásico siempre entrega algo más que tres puntos. Puede definir un campeonato, cambiar el estado de ánimo de todo un club, convertir a un jugador en héroe o transformar una derrota en una crisis. Puede convertir a un futbolista en villano, con una marca capaz de perseguirlo durante años. Y, aunque no siempre resulte tan evidente, también permite mirar, durante 90 minutos, el estado del fútbol de un país.

Hay una etapa de la vida en que los exfutbolistas, exentrenadores y exdirigentes empiezan a mirar el fútbol desde el recuerdo. Con los años, cada uno va construyendo su propia versión de lo que ocurrió, rescatando partidos, decisiones, aciertos y, también, algunas cuentas pendientes. El pasado tiene esa particularidad: siempre permite volver sobre lo que pasó y contarlo de nuevo; aparecen entonces muchas versiones sobre hechos, eventos, triunfos y derrotas. Y sobre los méritos.

Hoy el proceso es otro. Apenas un jugador destaca, el objetivo deja de ser consolidarlo y pasa a ser venderlo. El club necesita recursos; el representante busca una oportunidad; el futbolista entiende que quedarse puede significar perder el tren hacia Europa. Todos tienen razones atendibles. El resultado, sin embargo, es devastador para el campeonato. Los hinchas apenas alcanzan a aprender el nombre de una promesa cuando ya está haciendo las maletas.

“Quizá Vozinha tenga una gran temporada. Ojalá así sea. Su rendimiento individual no está en discusión. Lo preocupante es que un arquero de cuarenta años sea considerado una mejor inversión que desarrollar a uno de veintidós y mientras ese modelo no cambie, seguiremos preguntándonos por qué Chile dejó de producir jugadores talentosos, por qué nuestro campeonato perdió atractivo y porque terminamos últimos en la clasificatoria”.

Hay millones de personas que celebran un gol argentino sin ser argentinas: una cantidad exponencialmente superior a la población de noruega quería seguir viendo a Haaland aplastando rivales en a la cancha. Muchos, tal vez ni siquiera franceses, van al estadio vestidos de la tortuga ninja Donatello, en honor Mbappe. Algunas desean que Inglaterra llegue a la final porque quieren que Kane tenga, al fin, un gran título internacional. Ya no se trata solo de apoyar una camiseta; se trata de acompañar una carrera.

“No existe una forma correcta de vivir ese campeonato. La única condición que realmente vale la pena imponer es recordar que, cuando el árbitro pita el final, el partido termina. Las discusiones deberían quedar en la cancha, en el bar, en el grupo de WhatsApp o en las redes sociales, sin cruzar esa línea donde el rival deja de ser un adversario deportivo para convertirse en un enemigo personal”.

Lionel Messi acaba de llegar a los 18 goles en Copas del Mundo. Ningún futbolista había alcanzado esa cifra. En el torneo más exigente, el que condensa la historia del fútbol en apenas unas semanas cada cuatro años, el argentino se ha convertido en el máximo goleador de todos los tiempos. Con la 10 en la espalda que no es común entre goleadores; la mayoría de los que lo acompaña en el podio histórico son estrictamente especializados en goles; no tienen el halo de magia en la conducción que importa el número que alguna vez vistieron Pelé y Maradona.

Un Mundial de fútbol debería ser imposible de ignorar. No porque la selección propia participe, ni porque los partidos se jueguen en horarios convenientes, ni siquiera porque cada encuentro sea una obra maestra. Un Mundial debería instalarse naturalmente en la conversación pública, ocupar espacios en las sobremesas, generar discusiones en el trabajo y producir esa extraña sensación de que, durante un mes, el planeta entero está pendiente de un mismo acontecimiento. Y, sin embargo, a medida que avanzan los primeros días de esta Copa del Mundo, cuesta evitar la impresión de que el torneo está produciendo menos interés, menos entusiasmo y menos conversación de la que razonablemente cabría esperar del evento deportivo más importante del planeta.

Cada vez que celebramos el descubrimiento de un futbolista o una futbolista con raíces chilenas que creció en el extranjero, en el fondo estamos reconociendo una carencia propia. No se trata de cuestionar su incorporación. Al contrario. Ambos representan oportunidades valiosas. El problema es que se han transformado en soluciones para problemas que deberían resolverse dentro de nuestras propias fronteras.

Cada cuatro años, el Mundial de fútbol se instala como una especie de religión temporal. Durante más o menos un mes, millones de personas alteran sus rutinas, madrugan, cambian reuniones, sacan la vuelta, organizan viajes y convierten cualquier pantalla en una ventana hacia el evento más importante del planeta. Sin embargo, a pocas semanas del inicio del Mundial 2026, la temperatura emocional no parece ser la misma en todas partes.

Hay rivalidades que nacen del barrio. Otras, de la política. Algunas, de la religión. Y hay otras que nacen de algo más difícil de explicar: la necesidad de que dos mundos opuestos se encuentren regularmente para medir sus fuerzas en una cancha de fútbol, descomprimiendo las tensiones reales. El partido entre Colo-Colo y Universidad Católica pertenece a esa categoría.

La respuesta no está únicamente en los símbolos. El escudo, el chuncho, la camiseta azul y el himno importan, por supuesto, pero la identidad de la U nunca descansó solo en ellos. También vive en una tradición: la idea de un club asociado a valores públicos, a cierta vocación inclusiva y laica, a una forma particular de entender la relación entre fútbol y comunidad. Esa dimensión intangible es precisamente la que muchos hinchas sienten hoy amenazada.

“Durante años se insistió en que el objetivo era “recuperar la seguridad en los estadios”, pero casi nadie se preguntó algo más decisivo: ¿vale realmente la pena ir al estadio en Chile? La experiencia suele ser deficiente incluso antes del partido. Entradas caras, horarios absurdos impuestos por la televisión, largos controles de acceso, poca conectividad, estadios envejecidos, mala infraestructura, restricciones excesivas y planteles cada vez menos identificables para el hincha. Muchas veces el espectáculo completo parece diseñado para tolerarse, no para disfrutarse”.

El triunfo de Universidad de Chile en el clásico ante Universidad Católica no fue solo un resultado más en la larga historia del clásico con más tradición en el fútbol chileno. Fue, sobre todo, una escena incongruente con el relato dominante del fútbol chileno. Porque esta vez no ganó únicamente un equipo, sino que se invirtieron, al menos por una tarde, las identidades que durante años parecían inamovibles.

La clasificación al Mundial Sub 17 es, sin duda, una buena noticia. Pero sería un error tratarla como un triunfo en sí mismo. Es, en realidad, un punto de partida. Y lo determinante no estará en lo que haga la Sub 17 en la cancha, sino en lo que el sistema haga con ella cuando las luces del torneo se apaguen.

“En ese tránsito, lo que se pierde no es solo una estética del juego, sino una forma de aprendizaje. El jugador de barrio necesitaba ese espacio sin control para desarrollarse plenamente: un entorno donde el error no fuera penalizado, donde la repetición no estuviera guiada, donde la creatividad surgiera como respuesta a lo imprevisto. En cambio, el modelo actual —más eficiente, más seguro, más ordenado— tiende a producir jugadores más completos desde el punto de vista físico y táctico, pero también más predecibles. La improvisación, que antes era una herramienta central, hoy aparece muchas veces como un riesgo a corregir. Y en un deporte donde la diferencia suele definirse en un gesto inesperado, esa transformación no es menor”.

El fútbol chileno lleva años atrapado en una ilusión peligrosa: creer que todavía pertenece a una élite sudamericana. No señores, eso se acabó y no existen expectativas de que vuelva a ocurrir. Se sigue hablando de Chile como si fuera el país que ganó dos Copas América, cuando en realidad hace rato que se parece mucho más a las selecciones que entonces mirábamos por encima del hombro.

La Copa de la Liga aparece como un duplicado sin identidad. Más partidos entre los mismos equipos, con incentivos difusos y sin un relato que la sostenga. Nace anémica. Se dirá que sirve para dar minutos a los planteles, para generar ingresos o para mantener activo el calendario. Pero esas son razones funcionales, no deportivas. Si el objetivo es desarrollar jugadores, hay herramientas más eficientes: torneos de reservas, políticas formativas, reglas de minutaje bien diseñadas. Si el problema es económico, el camino no es multiplicar productos débiles, sino fortalecer los que ya existen. Y de eso, nada. Por eso es que la conclusión obvia es que se trata de un distractor: una medida que pretende encubrir que decisiones y medidas en serio no se quieren adoptar.

El gobierno entrante no tiene un discurso explícito al respecto, pero implícitamente debemos entender que, para las nuevas autoridades, mientras el fútbol no de problemas, que se enriquezcan con él los que se enriquezcan, que los clubes mueran, junto a su historia y tradición, no es inconveniente. Lo central es que sea en orden y generando riqueza para los poderosos de siempre.

El fútbol femenino chileno no carece de talento. Tampoco de interés. La selección ha tenido momentos competitivos en Sudamérica y varias jugadoras han emigrado a ligas extranjeras. Incluso en un momento en que la selección masculina atraviesa una de sus crisis más profundas, el potencial del fútbol femenino sigue siendo evidente.

“El fútbol chileno atraviesa un momento crítico. La discusión de fondo no es si los clubes fueron escuchados lo suficiente. La discusión es si el modelo de sociedades anónimas deportivas cumplió su promesa de profesionalizar, transparentar y fortalecer el deporte. Si la respuesta es ambigua -o derechamente negativa-, entonces la profundidad de la reforma no es una exageración: es una consecuencia”.

“En un fútbol que hace tiempo convive con estadios semivacíos, cuestionamientos dirigenciales y sospechas estructurales, el Superclásico sigue siendo una de las pocas ceremonias que todavía convoca atención total. Aunque añoremos los tiempos en que en cada justa los hinchas de ambos cuadros repletaban los coliseos”.

“Cuando un club diminuto encabeza la tabla, la reacción automática es condescendiente: “ya se va a caer”, “no le va a durar”, “cuando enfrente a los grandes se acaba la historia”. Esa narrativa no es análisis, es defensa del orden simbólico. Es la necesidad de que la jerarquía histórica se imponga para restaurar la calma”.

En tal escenario, pierde la “U”, pierde el fútbol, perdemos todos. Salvo aquellos obnubilados con maximizar su riqueza personal que logran distraer la atención de su abuso, para continuar haciendo lo único que quieren hacer: Seguir enriqueciéndose, sin ética ni códigos.

La ANFP puede sancionar clubes, dirigentes y jugadores conforme a sus estatutos. Pero cuando pretende sancionar a personas individuales —hinchas— sin identificarlas ni oírlas, cruza una línea que no le corresponde. El orden no se construye con arbitrariedad, y la seguridad no se logra renunciando a las garantías más elementales. En este caso, más que disciplina, lo que hubo fue un castigo colectivo impropio de un sistema que aspire a llamarse justo.

La Kings League —y su derivación mundialista— representa una tendencia clara: el desplazamiento del fútbol como fenómeno deportivo hacia el fútbol como contenido. No importa tanto el proceso, la táctica o la historia previa, sino el impacto inmediato. No hay épica de largo aliento ni memoria acumulada: hay marcas de audiencia, métricas y engagement. El resultado es menos relevante que la reacción. En ese contexto, la Kings World Cup es un éxito indiscutible. Convoca audiencias que el fútbol tradicional ya no logra seducir, especialmente entre jóvenes que crecieron más cerca de Twitch que de la radio, más familiarizados con Ibai Llanos que con Pedro Carcuro o Víctor Hugo Morales.

"Somos testigos de una reconfiguración del equilibrio entre capital y comunidad. Después de años donde las sociedades anónimas parecieron imponerse como modelo único, emerge una crítica cada vez más sólida: el fútbol no puede ser exclusivamente un negocio financiero, porque independientemente de los resultados, el rendimiento y de de las ganancias, es una lógica que lo desnaturaliza. Deja de ser fútbol, como siempre lo conocimos".

Cada partido de Alexis en Europa se vive como un plebiscito emocional. Si juega bien, se reafirma la idea de que “todavía puede”. Si juega mal, aparece el murmullo incómodo, casi culposo, sobre el retiro. Nadie quiere decirlo en voz alta, pero el cuerpo ya empezó a hablar.

"En suma, es difícil mencionar aspectos positivos del año que nos deja y mucho más tener expectativas de mejoría para el año que viene. Pero hablamos de fútbol: lúdico, impredecible, arbitrario y ajeno siempre a toda lógica".


